Para un futbolista, disputar un Mundial significa mucho más que participar en el torneo más importante del planeta. Cuando lo vemos saltar al césped solo vemos al futbolista, pero detrás de ese instante hay una historia mucho más profunda: años de renuncias, de miedos y de una perseverancia que pocas veces recibe el reconocimiento que merece.
Para quienes van a un Mundial como protagonistas este no empieza el día de la inauguración. Empieza mucho antes, empieza en la infancia, en aquellas interminables horas jugando al fútbol en la calle, en las botas gastadas y remendadas, en los primeros entrenamientos, en los campos de tierra, en los largos viajes en autobús y en las jornadas en las que hubo que compaginar estudios y deporte. Empieza también en las lesiones, en las dudas y en todos esos momentos en los que seguir adelante parecía más difícil que pararse.
Pero si el Mundial tiene un significado especial para los jugadores, ¡imagínense para sus familias! Padres y madres que recorrieron cientos de kilómetros para llevar a sus hijos a entrenar, que hicieron esfuerzos económicos para comprar unas botas o pagar una inscripción, que estuvieron presentes en los momentos de alegría y también en los de frustraciones. Herman@s, abuel@s y seres queridos que compartieron el sueño y ayudaron a sostenerlo cuando las cosas no salían.













