Llegados aquí, no llevarte el Mundial, fuese cual fuese tu selección al comienzo del campeonato, es un desvarío. No hagas eso. No está la vida para desaprovechar la ocasión de gritar sonriente: “Gané el Mundial”. En qué clase de seres sin sueños y desganados, marionetas, nos convierte semejante renuncia. No se trata de excederse en la ambición, alimentando pretensiones irrealizables, pero ¿ser campeón del mundo? Hombre, hombre, menos que eso poco más hay. Naturalmente, para lograrlo tienes que haber hecho a estas alturas algunas concesiones inevitables, algunas de ellas quizás incluso morales. Piruetas. Pero ya ves tú: nosotros y nuestra intachable fidelidad a unos colores. Puagg. Despierta: el mundo ya no es lugar para principios inamovibles.

Digamos que si tu selección preferida era Alemania, o Irán, o Brasil: tus opciones de conquistar el campeonato ahora mismo son bastante pocas. Mínimas, diría. Pero si apoyabas a una de esas selecciones, y una vez quedaron eliminadas –bastante pronto– te fuiste con otra, depositando en ella tu entusiasmo –con algunos rasguños, pero entusiasmo al fin y al cabo–, significa que estás dentrísimo del Mundial. Te felicito. ¿Pudo darse el caso de que eliminada tu segunda selección preferida te hicieses entusiasta de Portugal, o Colombia o Egipto? No pasa nada. No tengo dudas de que, una vez la selección de Cristiano estuvo fuera, o la de Luis Díez, te pasaste sin pérdida de tiempo a Bélgica o –todo es posible– a Argentina. Y si te paseaste a Bélgica deduzco que a día de hoy ya estás con España. Esta es la idea.