16 de junio, 2026 - 06h00Sabemos cómo llegaron los libros a nuestras bibliotecas. No tenemos la menor idea de lo que ocurrirá con ellos. O tenemos una idea aproximada. Regalarlos, donarlos, venderlos, incluso algún excéntrico, en un arrebato de escepticismo, habrá contemplado quemarlos. Regalarlos suena bien, si no fuera porque eso transmite un cierto aire de extrañeza, y se puede regalar uno o dos, no doscientos ni trescientos, que entran en el terreno de la donación, que tampoco es una solución fácil, no todas las bibliotecas están dispuestas a recibirlos, sea por falta de espacio o porque no cumplen criterios de recepción, o quizá porque quien los dona no tiene un prestigio que justifique archivar sus libros. La solución intermedia es dejarlos en herencia, pero esto implica tener claro el campo de interés de los herederos, que de no estar interesados en la letra y el espíritu de esa biblioteca, lo que terminará por ocurrir es que se dilata la caída en la tercera y última solución: la venta. En términos estrictos, resulta una venta a medias o mediada, porque los libros irán a manos de libreros de segunda mano que, para empezar, no comprarán todo en conjunto, sino que harán una criba por los ejemplares que puedan ponerse a su vez en venta para nuevos lectores a la caza de rarezas bibliográficas. Si uno se pusiera a contar las historias de bibliotecas prestigiosas con libros dispersos por las pequeñas librerías de segunda mano, sería para poner a llorar a quienes atesoran sus ejemplares. En contraposición, esta cadena es la alegría de lectores que podrán contar en sus manos con algo excepcional y cargado de historia. Otra solución, la más formal, es que esa biblioteca se convierta en una fundación que las ponga al alcance de lectores específicos. Esto, más que una solución, es una fantasía. Y queda la solución más drástica, la radical: la pira funeraria, el fuego purificador del olvido, lo que a su vez suena bien para las ceremonias funerarias de la India, pero no es real para lectores que hasta el último aliento querrán estar acompañados de sus libros. En resumen, tema arduo en el que el bibliófilo fantasea o teme, pero nunca toma una medida concreta.Quedemos un paso antes. Visto el caso de que seremos nosotros los que abandonaremos nuestras bibliotecas y no ellas, a lo mejor sí se podría tomar una serie de medidas puntuales. Algo así como un decálogo, pero diez son muchas. Diré solo cuatro y podríamos llamarlo “tetrálogo para el futuro de tu biblioteca”.Devuelve los libros que te prestaron. No son tuyos. Son libros en el exilio, y si los regresas a tiempo a sus dueños, la justicia poética hará que vuelvan a ti los que prestaste.Subraya tus libros. Déjate de pudores. Vive tus libros aquí y ahora: subraya, apunta, dobla las esquinas. No solo se sentirán tocados y queridos, sino que dejarás la huella verdadera de tu paso lector.No postergues lecturas. No esperes el momento perfecto para esos libros difíciles que te miran desafiantes desde tus anaqueles y repisas. Lánzate ya, que nunca sabes cuánto tiempo te queda. Memento mori. Así jamás dirán: “Nunca nos leyó”.Transcribe o copia fragmentos de tus libros preferidos. Para comprender esta última recomendación, demos un breve rodeo. Uno de los lectores de la antigüedad fue el romano Aulo Gelio. Durante las noches, en una larga estadía en Grecia, decidió apuntar sus lecturas. Su libro de lector ha llegado hasta nuestros días y se titula Noches áticas. Noches áticas ha sobrevivido mil novecientos años. Y hasta ha sobrevivido a autores de los que se han perdido irremediablemente sus libros. Si sabemos de muchos de esos autores o libros desaparecidos es, justamente, por Aulo Gelio. Por ejemplo, de las Disertaciones del filósofo estoico Epicteto tenemos cuatro partes o cuatro libros. En uno de sus apuntes, Aulo Gelio narró un viaje en medio de una tormenta en el mar Jónico. Uno de los viajeros, otro filósofo estoico, empalideció por la agitación del barco y el miedo a morir. Al final de la tormenta, cuando volvió la calma, alguien le reprochó que cómo podía llamarse estoico por haberse asustado así. La respuesta del estoico asustado fue sacar el quinto libro de las Disertaciones de Epicteto, donde se menciona que las reacciones físicas ante el peligro son impresiones inevitables de la naturaleza, que no están sujetas a la voluntad y que el verdadero sabio estoico se distingue del necio porque su alma no juzga que la muerte o el naufragio sean un mal, preservando intacta su libertad interior. Solo que no tenemos ese quinto libro de las Disertaciones. Lleva más de mil años perdido. Aulo Gelio lo tuvo en su biblioteca y dejó el registro de su existencia. A este lector del siglo II se sumará otro lector en el siglo V: Juan Estobeo, que transcribió fragmentos sueltos que no constan en ninguno de los cuatro libros. Tendrán que pasar cuatro siglos más hasta que Focio, en el siglo IX, señaló que la obra de Epicteto estaba compuesta por ocho libros. Y habrá que llegar al siglo XI o XII con el Codex Bodleianus, ubicado en Oxford, que contiene el manuscrito de los cuatro libros. No hay más. Eso quedó de las Disertaciones de Epicteto, que, a propósito, no las escribió el mismo Epicteto, sino su discípulo, Lucio Flavio Arriano, que tomó notas minuciosamente.De la antigüedad clásica ha sobrevivido entre un 5 % y un 10 % de lo que se escribió. Cuando Ovidio terminó de escribir Metamorfosis, afirmó en las líneas finales que su obra no la destruiría “ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo voraz”. Y no la destruyeron. Pero un exceso de copistas —Frank T. Coulson refiere más de 400 manuscritos que han sobrevivido—, a lo largo de los siglos, enturbió con variantes el texto original, ahora también inhallable. Sea como sea, habrá que tomar apuntes. Algo quedará de un destino imprevisto y a pedazos. (O)
Leonardo Valencia: Un destino imprevisto y a pedazos | Columnistas | Opinión
Sabemos cómo llegaron los libros a nuestras bibliotecas. No tenemos la menor idea de lo que ocurrirá con ellos. O tenemos una idea aproximada.











