“Empecé a estudiar el dolor básicamente por una razón: le tenía miedo”. Con esta frase arranca Rachel Zoffness, médico, docente en la Facultad de Medicina en la Universidad de California y reconocida especialista mundial en el estudio y el tratamiento del dolor, su libro Dime dónde te duele (Destino), un ensayo tan riguroso como ameno llamado a dar la vuelta a muchas de las ideas que tenemos interiorizadas sobre el dolor. Y es que con el dolor, en general, a muchos y muchas nos pasa como con la muerte, que lo miramos con recelo, cuando no con miedo, en gran medida por desconocimiento.“Si no nos diera miedo el dolor, no le prestaríamos atención y no nos daríamos cuenta de los peligros, porque el dolor es nuestro sistema de detección del peligro del cuerpo, y eso nos salva la vida. Pero la neurociencia nos muestra que cuanto más miedo nos da el dolor, justamente peor es. En mi caso, lo que descubrí es que, cuanto mejor entendía el dolor y cuanto más aprendía la ciencia que hay detrás de él, menos miedo me daba y, por tanto, mejor podía manejarlo”, explica la autora neoyorquina a La Vanguardia. Lo hace por videoconferencia, en una charla amena, repleta de analogías y ejemplos, en la que Zoffness da sobradas muestras de su innata capacidad para la divulgación.Lee también“Todo lo que te han dicho sobre el dolor es falso”, escribe. ¿Cuál es el principal mito sobre el dolor con las que solemos crecer?Yo creo que el mito más importante que nos han vendido es que el dolor es puramente un problema biomédico, es decir, algo que tiene que ver exclusivamente con la anatomía y con la fisiología y, por tanto, que requiere, una solución biomédica como pastillas o algún tipo de intervención. Al final, es fácil creer que el dolor radica en esa parte del cuerpo que te duele, ya sea la rodilla o la parte baja de la espalda. La neurociencia, sin embargo, nos dice que el dolor jamás habita únicamente en el lugar que te duele, sino que se construye desde el cerebro; lo crea el cerebro. Eso lo sabemos, por ejemplo, por el síndrome del miembro fantasma. Pasa muchas veces que, cuando alguien pierde una extremidad, esa persona siente un dolor terrible en esa parte del cuerpo que no tiene. Esto nos demuestra que el dolor nace en el cerebro y que esto también habría que tratarlo. No estoy diciendo que el dolor sea algo que tenemos en la cabeza y punto, pero desde luego tampoco está solo en esa parte del cuerpo que justamente nos duele.¿Cómo contribuye el cerebro a la cronicidad del dolor?Igual que cuanto más vamos al gimnasio, más se fortalecen nuestros músculos, en el cerebro, cuanto más actives determinadas vías cerebrales, más grandes se harán estas. El cerebro se adapta con el tiempo y con la experiencia, lo que conocemos como neuroplasticidad, así que cuanto más vivamos con dolor y en el dolor, cuanto más ejerzamos el dolor, esa vía del dolor en el sistema nervioso central se hará más grande, se fortalecerá, se afianzará. Ahí decimos que el cerebro y el sistema nervioso se han vuelto sensibles al dolor, lo que se conoce como sensibilización central, que es el proceso a través del cual se desarrolla el dolor crónico.El cerebro se adapta con el tiempo y con la experiencia, así que cuanto más vivamos con dolor y en el dolor, más se fortaleceráRachel ZoffnessEsa sensibilidad al dolor usted la representa con una anología: la alarma de un coche que empieza a sonar aparentemente por nada.Todos hemos visto alguna vez eso, que suena una alarma en un coche, pero en principio no existe motivo para ello. Posiblemente sea una alarma muy sensible a cualquier roce o movimiento. Pues así es un cerebro con dolor crónico. Está en permanente estado de alarma, aunque las probabilidades de que realmente haya un peligro son escasas. Es una señal de que el sistema nervioso está encallado en modo peligro, en modo alarma.Usted denuncia en el libro que la medicina del dolor sigue anclada en el “obsoleto” modelo biomédico, que atribuye en exclusiva el dolor a lesiones, malas posturas, desalineación, asimetría, esguinces y hernias discales. En cambio, usted defiende que el dolor es un fenómeno biopsicosocial. ¿Qué significa esto?Pues significa que hay muchos factores que, combinados, crean esa experiencia de dolor. Podemos imaginarnos un diagrama de conjuntos con tres circulitos que se cruzan. Uno representa el dominio biológico, otro el psicológico y otro el socioeconómico. Bien, pues el dolor está justo en la intersección de estos tres ámbitos, de forma que, si solo nos centramos en el ámbito biológico del dolor, nos perdemos dos terceras partes del dominio del dolor muy importantes. Piensa que las partes del cerebro que crean emociones también crean el dolor o que el trauma en la infancia muchas veces se traduce en dolores crónicos en la adultez. También que tu situación socioeconómica (si tienes acceso al sistema sanitario, si no llegas a fin de mes, si experimentas soledad no deseada, etc.) influye mucho en la vivencia del dolor.El hecho de que la medicina siga anclada en ese modelo biomédico tiene una consecuencia que no es baladí. En todo el mundo, pero especialmente en Estados Unidos, se vive una crisis de opioides, con personas enganchadas a estos fármacos sin encontrar una mejoría real a su dolor.Es justo así. Y por eso es tan importante desmontar ese mito y demostrar que es falso, porque si seguimos pensando que el dolor es puramente una cuestión biomédica, que solo tiene que ver con la química y con la anatomía, seguiremos intentando resolverlo como hasta ahora, con pastillas, con intervenciones, etc. Y eso ya sabemos que, por sí solo, no funciona. Solo hay que ver que el dolor crónico afecta ya a 1.900 millones de personas en todo el mundo y que esas cifras no paran de aumentar. Ahora tenemos a más personas que viven con dolor crónico que pacientes con cáncer, cardiopatías o diabetes juntos.Explica en el libro que en la última década se ha descubierto que los abordajes biopsicosociales son mucho más eficaces que los medicamentos por sí solos. ¿En qué consiste este abordaje?Cuando hablo de abordaje biopsicosocial yo lo veo como una receta. Siempre hay una serie de ingredientes biopsicosociales que hacen que tu día sea malo a nivel de dolor: pasar horas y horas frente a la pantalla del ordenador, no moverse, comer mal, sufrir mucho estrés, no poder pagar las facturas… Cuando hablas con un paciente, ya ves claramente que hay ingredientes que son biológicos, psicológicos y socioambientales que le están afectando, así que entonces puedes preparar una receta para mejorar su situación.Lee tambiénQue, a partir de determinada edad, pongamos los 50 o 60 años, hay que aprender a convivir con “los dolores típicos de la edad”, ¿también es un mito?Hay muchos factores que contribuyen al dolor y el envejecimiento es uno de esos factores del ámbito biológico que no podemos controlar. Al cuerpo le pasan cosas a medida que nos vamos haciendo mayores, eso es inevitable. Sin embargo, eso no significa que tengamos que condenarnos a vivir con dolor. Hay un millón de factores que sí podemos controlar y que podemos ajustar para bajar el volumen del dolor.¿Cómo sería la receta para mantener el dolor a raya en la madurez?Depende de cada persona, pero, por ejemplo, podemos preocuparnos por movernos y por hacer ejercicio, porque cuánto más fuerte está el cuerpo y los músculos, menos dolor sentiremos. También podemos prestar atención a la dieta, alimentarnos de manera sana y darle al cuerpo menos comida procesada, menos alcohol. La ciencia demuestra que, a medida que nos hacemos mayores, eso contribuye a tener menos dolor. También podemos asegurarnos de cuidar nuestra salud mental. La ciencia lo dice: el estrés y la ansiedad amplifican el volumen del dolor. Y, por supuesto, podemos tener una vida social activa, porque la soledad no deseada también se relaciona con mayores niveles de dolor.Podemos preocuparnos por hacer ejercicio y alimentarnos de manera sana; la ciencia demuestra que eso contribuye a tener menos dolorRachel ZoffnessA edades avanzadas, ¿también se puede moldear el cerebro para que deje de producir dolor? Lo digo porque tengo entendido que vamos perdiendo neuroplasticidad con la edad…Es cierto que nuestros cerebros son extra plásticos y moldeables de niños, pero la verdad es que nuestros cerebros siguen cambiando hasta el día en que nos morimos. Si tú le enseñas a tu abuela una receta nueva para hacer algo y ella se la aprende, eso es neuroplasticidad. Si a los 60 aprendes un nuevo camino para ir al trabajo y te memorizas una nueva ruta, eso es neuroplasticidad. Es decir, que quizás es verdad que nuestros cerebros son menos plásticos a medida que envejecemos, pero es un mito que no exista plasticidad. Siempre es posible que el cerebro cambie, aunque ya nos acerquemos al final de la vida.