Si la corrupción en la Comunidad de Madrid hubiera sido un deporte olímpico, Esperanza Aguirre habría coleccionado medallas de oro por equipos. La única disciplina en la que destaca en solitario es en la de escurrir el bulto.
Hace unos días puede escuchar unas declaraciones que, viniendo de quien venían, me dejaron conmocionado. No tanto por la reconocida osadía de quien las pronuncio, si no por la preocupación que me suscito estar convencido de que cómo no podían ser fruto de la desvergüenza, sólo debían obedecer a un curioso caso de pérdida de memoria selectiva. Y es que hubo un tiempo, no tan lejano, en el que Madrid fue un laboratorio de políticas neoliberales extremas. El mérito, o la culpa, fue de Esperanza Aguirre, personaje cuya locuacidad me había alarmado.
Pudo gobernar la Comunidad de Madrid con mano de hierro, amasar una colección de casos de corrupción que haría palidecer a un narco mexicano, y salir airada de todos los tribunales
Pero también hubo otro experimento paralelo: la conversión de la sede del PP madrileño en una franquicia de Gürtel, Púnica y Lezo. Según un detallado trabajo de El País publicado en 2021, firmado por José María Jiménez Gálvez y Óscar López-Fonseca, los "lustros de corrupción" de la era Aguirre aún mantienen en vilo a la Audiencia Nacional con cuatro grandes causas y decenas de imputados. Es el legado de una presidenta que gobernó durante nueve años y que, como una reina de la pista de hielo, patinó sobre todas las tramas sin caerse nunca.











