Puede que Isabel Díaz Ayuso tenga una relación oblicua con la verdad. Puede que ejerza el poder con absoluta impunidad. Puede que para liberarse de cualquier fiscalización haya eliminado todo contrapeso institucional en la región de Madrid. Puede que de tanto denunciar que España es una dictadura lo que realmente proyecte sea una aspiración para Madrid. Puede que la llegada de miles de migrantes estos días a Ceuta le salve de su enésima polémica. Pero puede también que su querencia al lujo y a los áticos sea el principio de su final. Nada está escrito todavía.
Esta última conjugación es la que se escucha bajito, tímidamente y siempre off, pero con mucha intensidad, en las filas del PP. Quizá no sea un aviso y tampoco una admonición porque, en realidad, Feijóo llegó a los mandos de Génova a lomos de la controvertida baronesa. De no ser por ella, la operación “cargarse a Casado” y coronar al gallego nunca hubiera llegado a buen puerto. Hoy, el líder del PP paga el precio y la penitencia de haber tenido como valedora para su aterrizaje en la M30 a alguien que, dentro y fuera del PP, se ha empoderado tanto como para suponer una amenaza para su propio partido.
La compra de un ático de 485 metros cuadrados en Chamberí, supuestamente para que lo usara Ayuso durante unas obras de reforma de Sol no anunciadas ni adjudicadas, ha empezado a colmar la paciencia de varios dirigentes territoriales, a quienes Génova mandó –no en una ni en dos ocasiones, sino demasiadas veces– cerrar filas con la presidenta madrileña.














