Pluma invitadaEl crimen organizado no solo amenaza la seguridad, sino que distorsiona la competencia política.
Guatemala ha dado, en los últimos años, una señal que no ha pasado desapercibida y que sirve de referencia para la región: las elecciones de 2023 y la posterior transición demostraron que las instituciones democráticas pueden sostenerse incluso bajo presión. En un entorno global donde el deterioro avanza con sigilo, ese dato importa. Es un punto de partida para seguir consolidando la democracia, y las oportunidades que de ella se derivan, en toda la región.
El informe sobre democracia y desarrollo 2026, presentado recientemente por el PNUD, ofrece un diagnóstico que nos interpela. América Latina y el Caribe son hoy la región en desarrollo más democrática del mundo: más de cuatro de cada cinco personas viven bajo gobiernos que ellas mismas eligieron. Y, aun así, más de seis de cada 10 están insatisfechas con el funcionamiento de su democracia. Ese contraste no es una paradoja: es una advertencia.
En Guatemala, los números son elocuentes. Según Latinobarómetro 2025, solo el 28% de la población reportó estar satisfecho con la democracia, mientras que el 65% declaró estar insatisfecho, una cifra superior al promedio regional. Además, dos de cada tres personas consideran que el país se gobierna en beneficio de unos pocos.









