El presidente del país centroamericano reflexiona, en una entrevista con EL PAÍS, sobre los retos que encara ante la elección que, desea, cambie el ecosistema judicial
Guatemala atraviesa un momento crítico. El país vive roto entre los intentos de recuperación institucional y los embates de un Estado corrupto que se resiste a perder privilegios. Desde su llegada al poder, en enero de 2024, el presidente Bernardo Arévalo, de 67 años, se ha enfrentado a esos viejos poderes que han tratado por todos los medios de limitar autonomía. Ha sufrido maniobras de desestabilización, amenazas y una ofensiva persistente desde el Ministerio Público y el Congreso. A ello se ha sumado una cadena de motines carcelarios, desencadenados tras el asesinato de 10 policías por la pandilla Barrio 18, que le ha llevado a imponer el estado de sitio, aún vigente-
En una entrevista con EL PAÍS, en el marco del Foro Económico de CAF, celebrado en Panamá la pasada semana, el presidente de Guatemala hace un balance sin eufemismos de lo ocurrido y analiza los meses críticos que le quedan por delante. Arévalo, hijo del primer presidente democrático tras la revolución de 1944, habla con la calma de un diplomático de carrera y un sociólogo de academia. Su proyecto, de talante socialdemócrata, pasa por la mejora de las condiciones de los más desfavorecidos y una defensa de la separación de poderes que, no obstante, le está complicando su mandato.






