La admiración exige el desconocimiento de la persona idolatrada. Escudriñado de cerca, quien es objeto de veneración siempre defrauda. El último ejemplo de esta ley de la gravedad del comportamiento humano se vive estos días en la carne de los zapaterófilos. La imagen de papa laico que tenían del expresidente español, superior moralmente a todo ser viviente, representante en la tierra de la bondad más pura negada a los demás, ha quedado pulverizada.El duelo por el ídolo caído se está desarrollando como suele. Primero la negación: ¿Zapatero? ¡Imposible, es un Santo! Luego la rabia: ¡Es una conspiración de los americanos, los jueces fachas, los periodistas mercenarios! Tercero, la negociación: ¡Bueno, es verdad que ha hecho caja de un modo algo extraño, pero de algo tiene que vivir! ¡Los otros son peores! Dani DuchEste es el camino que han recorrido hasta ahora sus devotos. Faltan las dos últimas etapas, la depresión y la aceptación. Pero este tramo final es inalcanzable las más de las veces para los feligreses del culto personalista e ideológico. El duelo incompleto es lo más común. Lo más lejos que se está dispuesto a llegar es a dar por bueno que, en el peor de los casos, aquel a quien consideraban una deidad ha sido víctima de una humana tentación. Así que no hay para tanto y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.El valor económico de las joyas encontradas en el registro de su despacho, superior al millón trescientos mil euros, ha obligado a quien hasta ahora oficiaba de portavoz de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del Ateneo de Madrid, Luis Arroyo, a pedir disculpas. Arroyo se ha excusado por haber dado la cara por su amigo, al dar por buena la versión que éste le había facilitado sobre una herencia familiar cuyo importe se situaba entre los 30.000 y 50.000 euros.Zapatero no es aún ni culpable ni inocente; pero engrosa ya las filas de la hipocresía y la mentiraPero no es este tesoro de oro blanco, rubíes y esmeraldas lo más grave del caso Zapatero, aunque sí es el más efectista en el terreno de la opinión pública. Es más que probable que incluso resulte factible acreditar su origen en forma de regalos de jeques varios en su época como presidente de España. Pero aunque así sea, una vez conocida su valía, es inevitable la caída del ídolo del pedestal.La justicia acreditará o no la culpabilidad del expresidente del gobierno de todo aquello que se le imputa a través de indicios. Pero las joyas, ¡ay, amigo!, pueden tocarse. Están ahí, a la vista de todos. Y un joyero de un millón trescientos mil euros no es uno cualquiera, es el alhajero de un magnate. Y dado que Zapatero no lo es, aunque su patrimonio no pueda desmerecerse, no hay manera de salir indemne del embrollo de esa caja de caudales. LVZapatero no es todavía, desde el punto de vista jurídico, ni culpable ni inocente. Pero engrosa ya las pobladas filas de la hipocresía y la mentira acreditada. Despojado del traje preciosista del gran hombre que sólo se desvive por la humanidad y los derechos de terceros, ha quedado en cueros el hombrecillo ocupado en los asuntos más mundanos. Esto es, asegurarse un patrimonio cuanto más abultado mejor.Es habitual estos días referirse a Felipe González o a José María Aznar para restar importancia al caso Zapatero. ¡Que investiguen sus patrimonios! Este tipo de argumentación, acompañado del estribillo que asegura que estamos ante una venganza de la administración estadounidense por las afrentas del PSOE a Trump, pretenden exculpar moral y penalmente al expresidente español, convirtiéndole en un mártir.Zapatero estaría pagando una factura abultada e injusta por mantenerse fiel a sus ideales, atreverse a combatir el mal llamado régimen del 78, reunirse con Puigdemont y, en definitiva, estar sentado a la derecha del Dios padre, Pedro Sánchez.Como argumentario político y emocional es de utilidad. Sirve para mantener, como hemos apuntado, a fieles y devotos en la fase negociadora del duelo, imposibilitando la depresión y la aceptación final de que en realidad han estado arrodillándose ante un falsario. En cambio, los psicólogos aconsejan culminar el duelo para liberarse y sanar el dolor. Aceptar la pérdida, por desgarradora que resulte. Para volver a amar hay que llorar los desengaños. También en política.