Opinión

Columnas Diarias

Rincón de PetulNo sé si sea solo yo, pero este Mundial se siente raro.

Personalmente, el del 90 es el Mundial que recuerdo con más nostalgia. Cursando el quinto bachillerato, ese junio nos tomó a tres meses de graduarnos. Eran esos tiempos de la vida cuando cualquier segundo era excusa para un junte. Los partidos en la televisión acompañaron eso. Un amigo la pasó en el hospital y nos era imposible no gritar los goles, que se escuchaban en todo el pabellón. Coleccionamos estampitas con fervor. Un’estate italiana fue más que solo una canción. Sus notas se colaban del oído al corazón. A pesar de la decepción por su escasez de goles, aquel verano europeo se proyectó a todo un mundo entero, que, de pronto, pareció ponerse en pausa. Y muchos habremos querido, aunque fuera por un instante, ser un poco más italianos.

Cierto, hablo desde la nostalgia personal. Pero no fue solo Italia. Esto no sucedió solo en el 90. Es precisamente lo que provocaban los mundiales. Aquello que conocemos como la “diplomacia suave”, vestida de un balón. Es lo que hacían los anfitriones. En su momento lo hizo España, que pensó necesario mostrarse por fin democrática. Francia, en su eterno empeño por proyectarse como universal. Alemania, como amable. Sudáfrica, reconciliada. Brasil, alegre. Y Rusia, menos amenazante. Y todos amarrando su particularidad con un mensaje que siempre fue el mismo: Conózcannos. Las puertas están abiertas. El Mundial, así, era vitrina… fue invitación.