Algo bueno está ocurriendo con la economía española: está mudando su vieja piel por una nueva más vigorosa, brillante y resiliente. Hay señales de que la vieja aspiración de un modelo económico más innovador, productivo y con buenos empleos se está produciendo, al menos en una parte del tejido empresarial. Pienso que es algo que hay que celebrar. A sus posibles causas me referiré más adelante.Pero estas buenas noticias quedan empañadas cuando se analizan las condiciones de vida: los dividendos de la mejora económica no llegan a una buena parte de la ciudadanía, especialmente a aquella que más lo necesita. Se ha roto el puente entre crecimiento económico y bienestar social. El carril roto del puente es aquel por el que circulan los ciudadanos con menores ingresos. Están dañados los dos pilares que lo sostienen: la vivienda y el coste de la vida. Mientras no se reparen, la mejora de la economía no podrá trasladarse al bienestar social. Es urgente hacerlo, porque el mal humor social que provoca está comenzando a manifestarse en sectores como el de la educación. Necesitamos medidas heterodoxas. Más adelante volveré también sobre esta cuestión.Esta visión la extraigo de la lectura de la Memoria sobre la situación socioeconómica y laboral de España 2025 del Consejo Económico y Social de España (CES), institución que tengo el honor de presidir. Sin minusvalorar otros informes, la Memoria del CES es probablemente es el documento más completo y holístico sobre la economía, el empleo y las condiciones de vida en España. Permítanme identificar tres rasgos.El primero es que la economía española ha superado con nota el test de resiliencia al que ha estado sometida en 2025. Se podía haber esperado que la inercia de crecimiento que había mantenido desde 2021 se viera afectada por la extrema incertidumbre global. Ha mantenido su ritmo de crecimiento, superior al de las principales economías europeas, sin que a la vez se hayan deteriorado los grandes desequilibrios macroeconómicos y fiscales. Al contrario, 2025 fue el primer año en el que España quedó fuera del Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos de la Comisión Europea, tras doce años de vigilancia continua. Asimismo, se cumplieron las reglas fiscales europeas del déficit y la deuda pública. A la vez, un hecho a mi juicio reseñable, la productividad ha aumentado, en un escenario de fuerte crecimiento del empleo, algo que nunca había ocurrido en anteriores etapas de expansión. El segundo es que en 2025 el mercado de trabajo ha mejorado prácticamente todas sus variables, convergiendo de forma gradual con la UE. Aspectos tan característicos del mercado laboral español como la sobrecualificación o el elevado número de ninis (jóvenes que ni estudian ni trabajan) están convergiendo rápidamente hacia los valores de la UE. Esta convergencia se produce prácticamente en todas las dimensiones del mercado laboral. Sin duda, a esta mejora del mercado laboral se le puede añadir la adversativa de un pero, un aunque o un sin embargo. Pero pienso que vale la pena poner en valor lo que mejora, sin que ello signifique desconocer que hay que continuar los esfuerzos para afrontar las brechas y retos que aún persisten. El tercero es que durante 2025 también han mejorado los indicadores de calidad de vida y de la desigualdad, si bien de forma no tan marcada como la observada en el terreno de la economía y del empleo. Hay menos dificultades para llegar a fin de mes, pero más para afrontar gastos imprevistos. Los ingresos mejoran y disminuye la desigualdad, pero la vivienda y el coste de la vida condicionan el bienestar de las familias. Si no se busca solución a estas dos carencias, la ciudadanía mantendrá una percepción pesimista de la situación económica.Permítanme ahora volver sobre la cuestión de la naturaleza y causas de esta evolución positiva de la economía y el empleo. ¿Se trata de una mejora coyuntural o de un cambio de largo aliento? Una forma de responder es ampliar la mirada a los últimos cinco años. Las Memorias CES de este período me llevan a sostener que asistimos a un cambio cualitativo de largo alcance. El dinamismo económico es evidente en todos los sectores. Estamos ante una transformación de la estructura sectorial de la economía hacia actividades de servicios más avanzados. Aumenta el número de pymes competitivas e internacionalizadas. La balanza de pagos es un fiel testigo. Esta transformación se observa también en el empleo, con un crecimiento de los empleos de calidad. Además, tras la reforma laboral de 2021 se ha consolidado el cambio en la estructura por duración inicial del contrato, con un mayor peso de los contratos indefinidos. Acompañando a estas transformaciones, y como resultado de ellas, la productividad del trabajo y la productividad total de los factores (una medida de la eficiencia empresarial) ha aumentado de forma moderada pero continua. A mi juicio, estas transformaciones graduales a lo largo de cinco años marcan una tendencia de cambio estructural. Una última reflexión. ¿Por qué la economía y el empleo están cambiando de piel? Hay tres razones. Primera: las políticas económicas y sociales han adoptado otro enfoque. Frente a las políticas europeas de austeridad de la crisis de 2008, que provocó una recesión de cinco años con elevada destrucción de empleo y tejido productivo, ahora las políticas de apoyo a la empresa, al empleo y a las familias han permitido a la economía recuperarse rápidamente de la covid-19 y crecer de forma sana y sostenida. Segunda: el diálogo social bipartito (entre sindicatos y patronales) y tripartito (con el gobierno) a lo largo de estos cinco años ha permitido alcanzar acuerdos muy importantes que han tenido un impacto positivo y prolongado en la economía y el empleo. Tercera: la aparición de un gran dinamismo económico prácticamente en todos los ámbitos de la sociedad. España es el país europeo en el que la palabra “cambio” tiene una connotación más positiva. Ante un escenario de incertidumbre económica y geopolítica, estos tres factores han creado un escenario de confianza en el futuro que ha permitido mantener el consumo de las familias, la inversión de las empresas y el crecimiento. Me gustaría resaltar la importancia del diálogo social. Ha creado un escenario de paz laboral que es un verdadero activo inmaterial, un patrimonio colectivo que hay que proteger y mantener. Con más de 5.000 convenios firmados en toda España, la negociación colectiva es una infraestructura silenciosa cuyo impacto en la productividad y la competitividad es tanto o más grande que el de otros factores convencionales. El diálogo social merece un mayor reconocimiento por parte de la sociedad española. Pienso que puede ser un instrumento muy eficaz para abordar los problemas de la vivienda y del coste de vida. Podríamos inspirarnos en los Acuerdos de la Moncloa del año 1977. Lograron contener la inflación, moderar los salarios, la competitividad y mejorar las condiciones de vida. Volveré en otra ocasión sobre esta cuestión.
La economía va bien, pero el puente con el bienestar está roto
Están dañados dos pilares fundamentales: la vivienda y el coste de la vida. Urge repararlos con medidas heterodoxas
España creció por encima de media europea en 2025, salió de vigilancia macroeconomica tras 12 años y aumentó productividad con expansión laboral. Brecha vivienda-coste de vida genera pessimismo que frena talent pipeline y consumo tech del mercado.










