El potente y sostenido crecimiento nacional recuerda a la exuberancia previa a la Gran Recesión. Sin embargo, aunque el patrón de actividad se enfrenta a sus propios problemas, los fundamentos son hoy más sólidos que entonces, sostienen los expertos

De una pequeña chispa puede brotar una llama, escribe Dante Alighieri en la Divina Comedia. La Gran Recesión puso a correr al mundo de un foco a otro, solo para acabar llegando a una conclusión angustiosa. No había escapatoria. Hipotecas basura troceadas y empaquetadas para su venta fuera. Ladrillo al por mayor alimentado con crédito barato, avaricia, y grandes dosis de especulación dentro. Los traumas de 2008, cuando cayó Lehman Brothers, cuando el sistema bancario se tambaleó y la burbuja inmobiliaria explotó, sumieron a España en una larga travesía del desierto. Y dejaron heridas tan profundas que hay quien achaca la alergia actual a construir vivienda al recuerdo pesadillesco

i> de aquellos esqueletos de hormigón deshabitados que poblaron la geografía nacional.

17 años después, la música vuelve a sonar. El desempleo, algo por encima del 10%, ronda los mismos niveles que en 2008; ninguna economía avanzada ve subir tanto su PIB como España; grandes instituciones, de la OCDE al FMI, destacan el dinamismo de la actividad; las agencias de calificación han mejorado el rating de la deuda; el Ibex 35 ronda máximos históricos; y el Financial Times, el periódico con el que se desayunan los banqueros de Londres y los funcionarios de Bruselas, habla de excepción española en un entorno de crecimientos mediocres. Ni rastro de los PIGS con que algunos, cargados de superioridad moral y mucha mala uva, se apresuraron a atacar a los malos alumnos del Sur de Europa.