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Deseo que estés bien.
La productividad y el modelo productivo se cuelan de vez en cuando –aún poco, por desgracia– en el debate económico. Alberto Garzón nos ha recordado esta semana que la economía española está experimentando una ruptura con su histórico patrón de productividad anticíclica, logrando un crecimiento sostenido de este indicador a pesar de una creación de empleo masiva tras la pandemia, y desafiando la visión convencional que culpa a los trabajadores de su estancamiento.
No es magia ni un milagro caído del cielo: es el inicio de un cambio estructural empujado por los fondos NextGenerationEU y un ascenso en la cadena de valor que nos permite mirar de tú a tú a Francia o Alemania en términos de mejora relativa. El problema nunca fue el esfuerzo del trabajador, sino una estructura productiva que prefería el ladrillo a la tecnología.
En este sentido, un estudio elaborado por un grupo de economistas catalanes de ideologías diversas, entre los que se encuentra Guillem López-Casasnovas o Jordi Galí (quien más aparece en las quinielas para el premio Nobel) nos lanza un jarro de agua fría desde Catalunya que debería hacernos reflexionar a todos, puesto que es extrapolable a la mayor parte de España. Se llama Informe Fènix y es demoledor: alerta de un modelo económico que, pese al crecimiento del PIB y del empleo, está empobreciendo a la población: en los últimos 25 años, el ciudadano catalán se ha empobrecido 12 puntos respecto a la media europea en términos de PIB per cápita.













