Hay pasiones como vendavales: incontenibles. La de Pello Reparaz con la música responde a esos parámetros. Esforzado estudiante de trombón en un pueblito navarro de apenas 1.000 habitantes, muchacho espigado pero torpón en las pachangas de baloncesto, el chaval no cejó en implorar a su padre que le llevara a los locales de ensayo de Alsasua, a 13 kilómetros de su localidad, por si alguien le concedía la oportunidad de soplar algunas notas a su vera. Todos aquellos roqueros melenudos miraban con indulgencia y estupor a aquel mocoso tímido de pueblo, hasta que los integrantes de una de aquellas bandas ignotas se apiadaron de él:– Chaval, ¿tú te sabes alguna de Ska-P?Pello mintió y dijo que sí. A los pocos días se subía por primera vez en su vida a un escenario para tocar la parte de metales de Niño soldado, que aprendió de oído a la primera escucha. No siente gran debilidad ni por el grupo ni por la canción, pero esta mañana de charleta en el Café Comercial de Madrid, 24 años después de aquello, aún puede tararear nota por nota aquella melodía. Quizá no tenga mucho de extraordinaria, pero corroboró lo que ya por entonces empezaba a ser una sospecha inapelable: no quería hacer nada, absolutamente nada en la vida que no tuviera que ver con la música. Hasta el último de sus alientos.“En realidad, también disfruto mucho del buen comer, lo único que considero otra gran debilidad”, desliza mientras saborea una tostada de aguacate y salmón en la que el pan con semillas, de apariencia no menos apetitosa, quedará intacto. ¿Y qué otro ingrediente completaría el podio de sus actividades predilectas, aquellas que le reportan mayores satisfacciones? Reparaz, que mide unos llamativos 1,92 metros, se sumerge en una larga reflexión hasta conceder, al fin: “Bueno, el sexo tampoco está mal. Sienta bien, te deja buen cuerpo, anima. Pero prefiero mil veces la música”.Así de pasional es el vínculo con su trabajo de este mocetón de 36 años que sigue viviendo en Arbizu, ahora ya emancipado de sus padres, y que solo deja de soñar con semicorcheas cuando sale de paseo por las mañanas con Mahats (Uvas, en euskera), su actual compañera de vida. “Es una perra viejita y ciega que adopté a través de un perfil muy curioso de Instagram, SOS Abuelos, en el que ofrecen ese tipo de animalillos que ya no quiere absolutamente nadie. A esta la abandonaron en un bosque de Ciudad Real y sobrevivió durante nueve días alimentándose de bayas. Cuidarla me ayuda a evadirme y asumir alguna otra responsabilidad… salvo los días en que tampoco encuentro tiempo y tengo que pedirle a mi padre el favor de que me la saque”.Porque el resto de las horas son, en efecto, un monográfico de gestión, creación y composición musical. El que le ha hecho llegar hasta San Mamés con un espectáculo rutilante de folclor, electrónica y mitología carnavalesca, Mitoaroa III, que reventará durante dos noches consecutivas, el 19 y 20 de junio, el césped y el graderío de la catedral futbolística bilbaína. En total, 80.000 almas dispuestas a vibrar con un evento rítmico, palpitante y de abrumadora teatralidad en euskera, una fusión entre folktrónica, mundo rural y rituales ancestrales que entraña una inversión de cinco millones de euros y no conoce parangón en tierras vascas. No, ni Metallica ni Guns N’ Roses han llenado dos noches consecutivas el estadio del Athletic.“En el éxito de Zetak hay un componente de calidad musical, estoy seguro de que sí”, reflexiona su artífice, “pero también una dimensión sociológica que hasta cierto punto aún se me escapa. Hay una parte de FOMO [siglas en inglés de fear of missing out, que se traduce como miedo a perderse algo], claro. Y hay una reivindicación de lo pequeño, específico y particular frente a una industria hegemónica que lo vuelve todo homogéneo. Ha llegado el momento de buscar la universalidad a partir de ingredientes autóctonos”.Los orígenes de esa apoteosis sonora que vivirá la capital vizcaína dentro de un par de fines de semana hay que buscarlos casi 20 años atrás, cuando un Pello Reparaz aún casi adolescente acertó a fundar una banda festiva y jaranera, Vendetta, muy inspirada en los sonidos del ska británico. Eran divertidos y descarados, extendían una sensación instantánea de buen humor y estaban muy demandados en las fiestas de los pueblos. La chavalería navarra sintió como una puñalada el anuncio de la disolución, allá por 2018, justo en la época del mayor apogeo. Pero para entonces el chavalito alto y fortachón de Arbizu ya manejaba en la cabeza otra hoja muy diferente de ruta.“Yo había acabado mi carrera de Magisterio”, rememora Reparaz, “era profesor de música, me emancipé cuando conseguí llegar a mileurista y me hablaron de un máster en Londres con una eminencia de la música popular. Teníamos que escribirle una o dos canciones nuevas cada semana y había gente buenísima: un italiano, una rusa, un mexicano que me volaba la cabeza. Pero todas aquellas putas canciones, aun siendo muy buenas, sonaban iguales. El día en que reparé en ese detalle, en que lo globalizado no era ni natural ni orgánico, sentí que debía dar el giro más importante de toda mi vida…”.Aquella tarde Pello regresó a su apartamento londinense acordándose del repiqueteo de las campanas de Arbizu y del estridente txistu en las fiestas del pueblo. Dio carpetazo a Vendetta. Disgustó a compañeros, amigos y seguidores, incapaces de comprender por qué demonios desaparecía una banda joven y en auge. Recuperó el espíritu del pico y la pala. Aún recuerda aquella noche loquísima en una casa okupa de Zúrich, un concierto ante la friolera de tres personas. Debutó en Madrid al frente de Zetak en una sala, el Rock Palace, en la que apenas fue capaz de vender 70 entradas. Perdió dinero a espuertas. Pero ya no había vuelta atrás. La semilla estaba sembrada.Y ha terminado germinando. A fe que sí.“Yo es que ya no quiero volver a hacer cosas de las que no esté convencido”, argumenta el músico y emprendedor navarro. Aún recuerda las críticas que le atronaban en los oídos en 2012, con un Twitter todavía a ratos civilizado, cuando los aficionados más puretas de Vendetta comenzaron a bombardearle con la cantinela de que dos de las canciones del disco Fuimos, somos y seremos eran “comerciales”, “facilonas”, “demasiado pop”. Al principio fueron reproches. Luego, claro, todo tipo de exabruptos. “Yo no sabía qué coño había hecho mal, pero llegué a echarme la culpa, a pensar que me había equivocado”, desvela ahora, casi 15 años más tarde. Y el resultado fue un disco entero, 13 balas (2014), que Pello compuso con el freno de mano echado, pensando más en el qué dirán que en su propio instinto. “Hoy soy incapaz de escuchar ese álbum”, se lamenta. “Me lo encuentro puesto a veces en bares y me incomoda. No soy yo, sino un tipo ocultándose a sí mismo. Fue algo muy dramático”.El auténtico Pello ya no tiene ahora que esconderse de nada, pero su grado de autoexigencia bordea, y él lo sabe, la obsesión. Lector voraz, solo consume ensayos o manuales relacionados con su trabajo como productor o los ingredientes históricos y literarios de sus composiciones. Le fascina tanto la cultura popular que ha convertido en uno de sus colaboradores e inspiradores primordiales a Erramun Martikorena, un pastor de 83 años que nunca fue cantante profesional y al que tuvo que ir a buscar a su remoto caserío porque, por supuesto, carece de WhatsApp y de correo electrónico. Y consume varios videoblogs diarios sobre inteligencia artificial porque quiere estar ahí, “en la primera fila, aprovechando las ventajas, pero luchando contra cualquier forma de dictadura tecnológica”.–Es que a veces estas irrupciones tan violentas y repentinas de la tecnología pueden dar un poco de miedo.–A mí también me lo dan, pero quiero pensar que no llegará el triste momento en que componer una buena canción esté al alcance de la IA. A lo mejor con una obra de cierto academicismo instrumental puedan darnos el pego, que te cuelen una obra fake por un original de, imaginemos, Hans Zimmer. Pero no creo que ninguna inteligencia pueda suplantar a Silvio Rodríguez. Ahí confluye una mezcla de poesía y saber popular que yo mismo lo analizo y pienso: ¿Cómo es posible? ¿Cómo lo ha conseguido hacer?Puede que esa sea la pregunta que más se repitan, de aquí a un par de semanas, los 80.000 asistentes a la descomunal fiesta/akelarre de San Mamés. Solo después de ese momento, Pello levantará un poco, quizás, el pie del acelerador. Igual algún día no cumple con sus rutinas deportivas, esas que le confieren un aspecto prieto y hercúleo, aunque le aburran sobremanera. “Yo era malísimo en todo, jugando a la pelota, a baloncesto o a fútbol sala. Pero veo a Chris Martin [cantante de Coldplay], que a sus casi 50 corretea tres horas por el escenario y se le queda pequeño, y pienso: ‘Yo también tengo que estar a ese nivel”.–¿Y sacará usted todos los días de paseo a Mahats?–Le dedicaré algo más de tiempo a los míos, a esas dos sobrinicas de las que disfruto la mitad de la mitad de lo que me gustaría. Pero a ver cómo hago con Mahats, porque voy a invitar a mi padre a un mes en el Transiberiano. Él todavía no lo sabe, pero es lo mínimo: concederle un poco de tiempo de calidad. Quería publicar nuevo disco en 2027 y a lo mejor se me retrasa un año, pero… también hay que vivir.