Pello Reparaz no necesita ninguna casita en su lenguaje escenográfico, porque lo suyo no son cuatro paredes y un parterre, sino un universo entero. El día que los exégetas del conejo malote y la beata de Sant Esteve Sesrovires descubran la existencia de Zetak no van a tener, a poco que apliquemos el criterio de proporcionalidad, ni papel suficiente ni límites para el dichoso scroll. Lo que ha sido capaz de concebir y materializar este navarro de 36 años, proveniente de una familia sin atisbo de tradición artística y que sigue viviendo en el mismo pueblito de 1.100 habitantes (Arbizu) que le vio crecer, no conoce parangón con cualquiera de los grandes espectáculos de la música popular que nos puedan venir a la cabeza, ni siquiera quienes acreditamos algún que otro trienio de antigüedad en ese hábito irrenunciable. Nos referimos a todo lo que tiene que ver con el concepto escénico, el desarrollo, la emoción sin descanso, esa inventiva para volarnos la cabeza y abocarnos a una pregunta de respuesta siempre inverosímil: cómo pueden estar aconteciendo, durante dos horas y 45 minutos, hasta entradísima la madrugada, toda esa avalancha de episodios asombrosos.Créanselo. Está feo comparar, pero la gira Debí Tirar Más Fotos queda reducida en términos logísticos, si la comparamos con lo que vimos este sábado en San Mamés, a un pasatiempo menor. Pero es que incluso la fabulosa hechicería técnica que desplegó Taylor Swift hace un par de temporadas empalidece ante un espectáculo íntegramente en euskera, Mitoaroa III, durante el que terminan desfilando más de 300 artistas por el escenario (no, no se nos ha escapado ningún cero de más) y ante el que ni los que desconocemos por completo ese idioma de sonoridad bella y enigmática podemos dejar de emocionarnos. A los oftalmólogos les aguarda una tarea ímproba con los 80.000 asistentes a estos dos llenos históricos bilbaínos del viernes y el sábado: aún seguimos frotándonos los ojos, todavía no hemos terminado de enjugarnos las lágrimas.Por aquello de hacernos una idea, puesto que lo que ha sido capaz de llevar a escena Pello Reparaz rebasa las definiciones que manejábamos hasta la fecha, Mitoaroa III no es un concierto al uso ni una performance de música con múltiples ingredientes teatrales, sino el resultado imaginario (y hasta ahora inimaginable) de acumular sobre un escenario los universos de Pink Floyd y Coldplay con la distopía de Matrix. La grandiosidad escénica corta la respiración: la pasarela en forma de hache está sujeta a un permanente trajín de coristas y danzantes, los músicos ocupan el lugar protagónico que nunca debió escamoteárseles en las grandes producciones y el fondo del escenario acaba adquiriendo alturas diversas sin que sepamos cuándo ni cómo tiene lugar semejante arte de birlibirloque, un poco a la manera de lo que nuestra Miss Americana conseguía al aflorar un vergel de la nada para el tramo acústico en el que repasaba los discos Folkflore y Evermore.Reparaz, ese mocetón de 1,92 metros y fotogenia homologable a la de Keanu Reeves, no jadea ni desafina una triste nota pese a que afronta un reto casi de triatleta: su marcador de pasos del móvil ya amenazaba con presentar la dimisión cuando, en el último cuarto del espectáculo, el alma de Zetak decide correr y cantar por todos los graderíos y anfiteatros del estadio, de norte a sur, sin que acertemos a adivinar si suda más él o las mentes diabólicas que le hayan diseñado ese recorrido y lo hagan factible en un recinto abarrotado, alborotado y en permanente estado de excitación. Por cierto, ¿de dónde demonios sale esa especie de rayo láser azulado que acaba apuntando desde las nubes hasta el centro mismo de San Mamés? Las llamaradas múltiples y el baño de masas desde el césped, en una escena de belleza icónica muy difícil de olvidar, ya parecen pecata minuta en comparación con lo acontecido hasta ese momento.Habrá que requerir opinión a los sociólogos para dimensionar el fenómeno Zetak, igual que no se pueden comprender las 750.000 entradas que ha despachado Bad Bunny a su paso por Barcelona y Madrid solo como una súbita eclosión de la música latina. Pero el menú sónico que maneja Zetak es habilísimo: los Depeche Mode en clave industrial de Master and Servant, pasajes sintetizados que encajarían en el Mike Oldfield de The Songs of Distant Earth, el etnotecno místico y más bien cursi que patentaron en los noventa Adiemus, Era o Beautiful World y las onomatopeyas coreadas a la manera de Chris Martin hacen migas con el beatbox de Grison, los aturuxos centenarios de las cantareiras gallegas (representadas aquí por las fabulosas Fillas de Cassandra) y esas figuras carnavalescas tan ancestrales, cómicas y grotescas que solo podemos maldecir el engorroso imperativo físico del pestañeo.Un enjambre de drones y cámaras subjetivas permiten que no nos perdamos detalle, porque la narrativa es más propia del peplum que del pop. Y un detalle nada menor: el sonido es fabuloso, impecable, sin un solo retardo ni rebote antipático, un milagro no sabemos en qué medida arquitectónico y cuánto atribuible a la pericia de los sonidistas. En comparación, las frecuentes torturas a las que nos hemos acabado resignando en el Metropolitano madrileño deberían ser motivo para el sonrojo.Deslizaba Pello en este periódico que ahora quería desconectar del mundanal ruido y dedicarle un mes a su aita a bordo del Transiberiano. A su regreso, cuando vuelva a echar cable a tierra, podrá concederle algún rato a un derecho ganado a pulso: el del orgullo. No sabemos si en el futuro será capaz de superar lo de este fin de semana en una catedral que orilló el fútbol por la música y la antropología. Pero conste en acta que para llenar San Mamés no ha necesitado ni cástings de mujeres voluptuosas ni letras sobre felaciones o arpías casquivanas. El suyo es un discurso de amor a las enseñanzas de nuestros mayores, respeto al medio ambiente, solidaridad con la inmigración, recuerdos emocionados al Sáhara y Palestina, abierta simpatía al colectivo LGTBIQ+, reivindicación de lo autóctono y amor militante por las lenguas minorizadas. Urte askotarako, Zetak: larga vida para los audaces de imaginación desbocada e ideario hermoso.