“Sencillamente, no es algo que se pueda importar: para ello hay que ser, por instinto, un granuja y un maldito, y serlo con solemnidad”. Friedrich Nietzsche escribió esas palabras a su amigo Heinrich Köselitz desde Turín, el 16 de diciembre de 1888, después de escuchar dos veces La Gran Vía, de Chueca y Valverde, “principal reclamo de Madrid”, y de quedar fascinado por la Jota de los tres ratas: “Es lo más fuerte que he escuchado y que he visto, incluso como música: genial, imposible de etiquetar”.Casi 140 años después, otro alemán tocado por la zarzuela se ha propuesto refutar al filósofo. El director de escena Christof Loy (Essen, 63 años) descubrió el género en noviembre de 2020, durante una función de La del manojo de rosas a la que asistió mientras su producción de Rusalka se representaba en el Teatro Real. Desde entonces ha fundado una compañía itinerante con sede en Salzburgo, Los Paladines, empeñada en importar con más método que instinto aquello que Nietzsche consideraba inimportable.Después de dos producciones de Barbieri y Luna estrenadas esta temporada fuera de España, Loy debutó el pasado miércoles, 10 de junio, en el Teatro de la Zarzuela, la casa madre del género. Lo hizo con un éxito enorme, en una experiencia que él mismo ha comparado con estrenar su primer Wagner directamente en Bayreuth. Y el resultado ha sido la revelación lírica del año.Sus dos acercamientos anteriores habían sido, en rigor, dos tanteos. Primero, la comedia costumbrista de El barberillo de Lavapiés en Basilea, donde un público suizo aprendió incluso a jalear. Después, la fantasía orientalista y frívola de Benamor en Viena, resuelta con ironía y lentejuelas. Faltaba comprobar qué sucedía al arrimar su teatro al fuego de verdad. Y El Gato Montés, la ópera andalucista de pasión, toreo y navaja estrenada por Manuel Penella en 1917, era el título idóneo para averiguarlo.La obra evita la fórmula habitual de la zarzuela, con su alternancia de canto y pasajes hablados, en favor de una acción continua, sin interrupciones, sostenida por una orquesta en diálogo abierto con el verismo. Su trama gira alrededor de un triángulo amoroso formado por un bandolero huido de la justicia, un torero en la cima de su gloria y una gitana huérfana que ama a los dos hombres condenados a destruirse por ella. El material exacto de una españolada, de las que tantas veces han alimentado el cliché del sur.Pero donde la tradición ve arquetipos, Loy encuentra criaturas frágiles. Su Juanillo, el Gato Montés, no es un bandido de cartel, sino un obsesivo devorado por una herida. Su Rafael, el Macareno, no es solo un ídolo taurino, sino un hombre que torea para conjurar el miedo. Y su Soleá deja de ser un objeto en disputa para convertirse en la conciencia desgarrada del drama. El director alemán aplica a Penella la misma profundidad psicológica que acaba de mostrar en Werther de Massenet, en el Liceu de Barcelona: desplaza el tópico pasional hacia la psicosis y busca la heroicidad en la fragilidad.A su habitual inteligencia dramática y a una sobresaliente dirección de actores, Loy añade aquí su estética escénica más reconocible. Es esa escenografía, inspirada, según él mismo explicó a EL PAÍS, por la influencia de su padre arquitecto, la que potencia el encierro psicológico ante una gran pared clara, perforada por una puerta. Los diseños de Manuel La Casta sacan mucho partido de esa estructura y convierten la abertura en patio andaluz, capilla o estancia mortuoria, siempre con una precisión fiel al libreto de Penella, hasta en el cartel de la enfermería taurina. El vestuario de Robby Duiveman encuentra una intemporalidad ideal sin caer en el tópico. Y la iluminación de Albert Faura completa la ecuación con esa luz del sur que también se escucha en la música.Loy convierte incluso en fortaleza los retos dramatúrgicos que plantea Penella: una acción que se suspende en el segundo acto alrededor de una corrida que no vemos, y un tercer acto que arranca con el torero y la gitana ya muertos. De ahí extrae momentos climáticos de gran poder teatral, como el final del segundo acto, con las reacciones a la cogida mortal del Macareno, o la escena del tercero en la que el Gato Montés arranca las gasas que cubren el cadáver de Soleá y se la lleva a su cueva. Todo lo que rodea al trío protagonista está perfilado al milímetro: los secundarios tienen contorno propio, el coro se mueve con sentido dramático y abundan detalles admirables, como esa anciana que atraviesa los tres actos, encarnada por la actriz Elisa Morris, y que convierte la muerte en una presencia constante.No se quedó atrás José Miguel Pérez-Sierra, director musical titular del Teatro de la Zarzuela y colaborador habitual de Loy en Los Paladines. Su batuta, fluida y atenta al foso y al escenario, condujo a una inspirada Orquesta de la Comunidad de Madrid y logró integrar la vena popular de Penella, llena de seguidillas, peteneras y pasodobles, con un buen manejo de los motivos conductores y una orquestación a veces masiva que nunca oprimió a las voces. El maestro madrileño elevó con brío cada introducción, intermedio y transición orquestal, incluido el celebérrimo pasodoble taurino del segundo acto, y se permitió una curiosa licencia: repetir el acompañamiento de la romanza de Soleá, Juntos, dende chavaliyos, como interludio entre los dos cuadros del tercer acto. Aunque para esta producción se ha preparado una nueva edición, lo escuchado conserva la huella de Miguel Roa, antecesor de Pérez-Sierra en el Teatro de la Zarzuela, que restauró la ópera con todos los detalles de su orquestación original para la histórica grabación de Deutsche Grammophon de 1991.La huella de Loy alcanzó también al reparto vocal. El trío protagonista estaba formado por cantantes cercanos al régisseur alemán, todos debutantes en sus respectivos papeles. Empezando por su barítono zarzuelista de cabecera, el madrileño David Oller, que compensó la ligereza y la falta de profundidad de su instrumento con una entrega escénica admirable, especialmente intensa en el tercer acto. El tenor Rodrigo Garull encarnó a Rafael, el Macareno, después de haber trabajado con Loy en Turandot en Basilea, Luisa Miller en Colonia, y Fedora y Francesca da Rimini en la Deutsche Oper de Berlín. El cantante mexicano-alemán, al que se escuchó al inicio de la temporada como Tambor Mayor en el Wozzeck de la OCNE, aportó la robustez de un lírico-spinto. Brilló en su breve e intensa oración en la capilla y afrontó con seguridad los agudos más expuestos del papel, como el si natural con que cierra el primer acto.Pero la gran triunfadora del reparto fue la soprano Mané Galoyan como Soleá, que ya había trabajado con Loy como Liù en el citado Turandot de Basilea. La lírica armenia superó con solvencia el reto idiomático y aportó un timbre cristalino, que supo ensombrecer en los momentos de mayor tensión dramática. Elevó la romanza Juntos, dende chavaliyos en el primer acto y desplegó una atractiva paleta dinámica en su dúo verista con Rafael Torero quiero ser, en el primer cuadro del segundo acto. Penella culmina esa escena con la genialidad de una cabaletta a ritmo de pasodoble taurino, que fue el momento más aplaudido del estreno.En el resto del reparto, la mezzosoprano catalana Carol García fue una elegante Gitana, tanto en el curioso garrotín del primer acto como en su dramática lectura de la mano del torero. Su veterana colega María Rodríguez hizo valer su experiencia en el género como una convincente Frasquita, la madre del Macareno. Lo mismo puede decirse del barítono Gerardo Bullón, noble y bien proyectado como Hormigón, el picador y confidente del torero. Pero el secundario más destacado fue el excelente Padre Antón del barítono barcelonés Manel Esteve, a quien hace poco vimos en el Teatro Real como Krušina en La novia vendida. Y no conviene olvidar la brillante actuación del Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, a la que se sumó una nueva aportación sobresaliente de los Pequeños Cantores de la ORCAM.Al final de la función, con buena parte del teatro en pie, costaba no acordarse de Nietzsche. Quizá tuviera razón y la zarzuela, en efecto, no se pueda importar. Lo que ha hecho Loy en la calle de Jovellanos es justo lo contrario: importarse él. Instalarse en el corazón del género, aprender su idioma y devolvernos El Gato Montés libre de clichés, como si lo viéramos por primera vez. El régisseur salió a saludar apoyado en dos muletas, secuela de una caída durante los ensayos, y el público lo ovacionó como a un diestro que vuelve al ruedo tras una cogida. Esta música exige rendirse a ella. Lo entendió un filósofo en Turín hace casi 140 años y acaba de demostrarlo en Madrid un director de escena.'El Gato Montés'Música y libreto de Manuel Penella.David Oller, barítono (Juanillo, el Gato Montés); Mané Galoyan, soprano (Soleá); Rodrigo Garull, tenor (Rafael, el Macareno); María Rodríguez, soprano (Frasquita); Carol García, mezzosoprano (Gitana); Manel Esteve, barítono (Padre Antón); Gerardo Bullón, barítono (Hormigón); Pablo Gálvez, barítono(Caireles); Alonso Gabarrús, barítono (Pezuño), entre otros.Pequeños Cantores de la ORCAM (directora: Ana González).Coro Titular del Teatro de la Zarzuela (director: Antonio Fauró).Orquesta de la Comunidad de Madrid.Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra.Dirección de escena: Christof Loy.Teatro de la Zarzuela, 10 de junio. Hasta el 28 de junio.
Christof Loy sale por la puerta grande del Teatro de la Zarzuela
La nueva producción de ‘El Gato Montés’ de Manuel Penella cierra la temporada del coliseo de la calle de Jovellanos como revelación lírica del año, con José Miguel Pérez-Sierra en el foso y la Soleá de la armenia Mané Galoyan








