Badr El Merroun nació en Tetuán, Marruecos, hace 19 años. No tiene casa, ni móvil, ni pasaporte, ni oportunidades. Duerme en un parque del barrio de Las Rosas, en Madrid, y convive con una paradoja: “Me dicen que no puedo vivir en la calle, pero llevo un año esperando para entrar en un albergue y todavía tengo que esperar otro más porque está todo lleno”, cuenta. En el último mes, ha sido víctima tres veces de los nuevos protocolos de limpieza del Ayuntamiento de Madrid, en los que ya no avisan a las personas sin hogar cuando van a limpiar la zona en la que viven. Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre como recuerdo. “Ya no se trata de las cosas que me han quitado. Estoy perdiendo la vida”, dice.La historia de Badr El Merroun no es nueva. Ser menor migrante no acompañado y cumplir la mayoría de edad en Madrid es, en casi todos los casos, sinónimo de tener que buscarse la vida en la calle. Los recursos municipales que ofrece la capital están al 100% de su capacidad y las listas de espera para acceder a uno son interminables. Sin embargo, la situación es más dura que antes.Es viernes, cuatro de la tarde, y 32 grados no se sienten igual en El Retiro que en el parque de Las Rosas donde duerme El Merroun. Allí faltan árboles y sobra cemento. Las calles están vacías por el calor y las vías de acceso por carretera colapsadas de coches que se dirigen al Estadio Metropolitano, donde Bad Bunny va a dar uno de sus últimos conciertos en la capital. El joven lleva casi 48 horas sin dormir, aunque no se le nota en la cara. Solo un día antes, unos agentes municipales le han despertado de madrugada para tirar sus cosas. Esa noche la ha pasado paseando de un lado a otro, pero siempre con las pocas posesiones que le han quedado a la vista. “No quiero que me vuelvan a dar los buenos días”, bromea. La ropa que llevaba puesta, un paquete extragrande de Camel de 40 cigarrillos, y la capacidad de tomarse los palos con humor son las únicas cosas que no ha perdido la noche anterior.El cambio de criterio municipal ha endurecido la vida de los que viven en la calle. Hasta hace unos meses les avisaban antes de hacer una limpieza en una zona de la ciudad para que pudieran recoger sus cosas a tiempo y no perderlas. Ahora no, y todo va a la basura. “Te buscas tú la vida”, dice. “¿Te quitan la ropa? Pues tú la tienes que volver a conseguir”. Lo único que ha podido salvar es lo que llevaba puesto y lo que le ha cabido en las manos. Pero es peor cuando esa limpieza se hace y él no está delante. “Hace dos semanas fui a dar un paseo y cuando llegué no había nada”, recuerda.El Ayuntamiento no niega esta nueva directriz, pero la matiza. “No se tiran los enseres de ninguna persona sin comunicarlo”, señala una portavoz del área de Políticas Sociales. “Precisamente para eso acude Samur Social; para garantizar que hay atención social durante la actuación”, añade. Sin embargo, una fuente dentro de Samur Social que habla bajo condición de anonimato desmiente esa afirmación. “Se les comunica cuando están presentes, sí. Pero se han dado situaciones de tirar enseres cuando las personas no están allí”, señala.Los Equipos de Calle eran los encargados de dar antes ese aviso. Son un servicio municipal compuesto por educadores, trabajadores sociales y psicólogos que trabajan día a día con las personas sin hogar, crean vínculos de confianza y les asesoran sobre los recursos que el Ayuntamiento de Madrid tiene para ellos y sobre cómo solicitar entrar en la interminable lista de espera para acceder a uno. “Los Equipos de Calle no tienen la culpa”, deja claro El Merroun.El pasado marzo, un portavoz de los Equipos de Calle envió un correo electrónico al Colegio Profesional de Educadores Sociales expresando su preocupación después de haber recibido la orden de no volver a avisar a estas personas cuando se iba a limpiar la zona en la que viven. En otras palabras: a dejar el parque, plaza, banco o portal como si nunca nadie hubiera dormido allí. “La nueva instrucción nos sitúa ante un importante dilema ético”, escribían en el correo electrónico, al que ha tenido acceso EL PAÍS. Por ese motivo, al principio desobedecieron la orden. Después, el Consistorio dejó directamente de avisarles a ellos cada vez que iba a hacer una de esas limpiezas.En esa situación, Badr El Merroun hace lo que mejor sabe hacer desde que subió como polizón a un ferry de Ceuta a Algeciras para empezar una nueva vida en España: sobrevivir. Siendo menor de edad ha pasado ya por el centro de acogida de Hortaleza, el de Casa de Campo y por uno en Simancas. También en esta época tuvo problemas con la justicia. Pasó dos años de su vida en un centro de reinserción de menores por haber cometido un robo. “He cambiado, pero eso les da igual”, señala. Dice que ahora le gustaría ser camarero. “Pero quiero trabajar en la barra porque me gusta escuchar a la gente”, matiza. Por momentos se plantea rendirse, cambiar de ciudad, probar suerte en otro lugar menos hostil. Pero empezar de cero es una opción poco realista para él porque ya ha aprendido de Madrid los códigos esenciales. Sabe, por ejemplo, que para conseguir ropa conviene estar en la periferia; allí hay menos gente buscando en los contenedores y es más fácil encontrar algo de su talla. Sabe que para conseguir comida es mejor estar en el centro, porque es donde están los comedores sociales, pero que no conviene poner allí la tienda de campaña porque la competencia es feroz, porque otras personas de la calle le pueden robar y porque la Policía Municipal le va a despertar más pronto por las mañanas y con mayor frecuencia.Berta es educadora social en un programa municipal para personas sin hogar de entre 18 y 25 años. Ayuda a El Merroun de manera extraoficial y por eso cree que puede perder su trabajo si da su apellido o algún detalle que pueda identificarla. “Le conocí porque un día estaba cargando cosas en el coche y vino a ayudarme”, cuenta. Desde ese día, ella es una de las pocas personas con las que él puede contar. “Tiene 19 años, pero al final es un niño”, dice. “Se enfrenta a un aparato burocrático que muchos adultos españoles no serían capaces de atravesar solos”.El Merroun no sabe dónde dormirá esta noche ni cuánto tiempo más tendrá que esperar una plaza. Tampoco sabe qué pasará la próxima vez que llegue una limpieza municipal. En la calle, dice, uno aprende a no hacer muchos planes. Primero hay que conservar lo poco que queda. Luego, si se puede, aguantar hasta mañana.
Badr El Merroun, 19 años, sin hogar: “Me han quitado tres veces las cosas en un mes y estoy perdiendo la vida”
El joven llegó a Madrid desde Marruecos con 14 años. Pasó por tres centros de menores, pero cuando cumplió los 18 se quedó en la calle. Ahora sobrevive en una ciudad cada vez más hostil con los que no tienen techo
Badr El Merroun, 19 anni, sin hogar en Madrid, ha perdido tres veces sus pertenencias en un mes por limpiezas municipales sin aviso previo. Albergues al 100%, listas de espera de años: la crisis de personas sin hogar se agrava con la erosión de derechos básicos.









