Mohamed (nombre ficticio), tiene 13 años y vive en una localidad de la provincia de Yusufía, 320 kilómetros al sur de Rabat, en el Marruecos profundo del interior. Huérfano de padre, se gana la vida vendiendo bolsas y ayudando a aparcar coches en los mercados para ayudar a su madre, incapacitada y en tratamiento psiquiátrico. La vida no le ha sonreído a Mohamed. Tampoco a los miles de niños de la calle del país magrebí que muchas veces se agarran a los bajos de un camión internacional camino de un ferri con destino a Europa o nadan en medio del temporal hacia los espigones de Ceuta y Melilla.

El muchacho aprovechó la celebración del musén (festival popular) de Mulay Abdalá Amghar en la ciudad costera de Al Yadida (120 kilómetros al norte de Yusufía) para intentar ganar algún dinero extra y ser testigo de una de las mayores celebraciones de Marruecos, que hasta el pasado fin de semana concentró a cerca de medio millón de asistentes. Terminado el eco de las descargas de fusil de los jinetes de las tradicionales taburidas o fantasías ecuestres, los marroquíes se han visto conmocionados por la noticia de la violación colectiva de Mohamed, que fue drogado y agredido sexualmente el pasado jueves por más de una decena de hombres jóvenes de la región.