Borges presenta el lenguaje como una aproximación al Misterio y convierte la metáfora, Babel y el Aleph en figuras de ese límite (Foto: AP)Hay libros que amanecen en la inteligencia y libros que amanecen en el alma. Ningún libro recorre ambos territorios con tanta naturalidad como la Biblia. No es filosofía, aunque filosofa; no es literatura, aunque su belleza poética sostiene generaciones; no es simple memoria histórica, aunque su trama funde la de Occidente. La Biblia nos enseña que el lenguaje no se agota en representar lo que vemos, sino que intenta acercarse al Misterio.¿Se puede nombrar a Dios con palabras? ¿Cómo transmitir el Misterio? ¿Se puede entender la Biblia? ¿La Biblia está sujeta a la Razón? Estas preguntas configuran no solo la historia de las religiones, sino la de la filosofía y la literatura. Averroes, filósofo andalusí del siglo XII, creyó que la razón podía acompañar a la revelación. Borges, escritor del siglo XX, advirtió que el Misterio nunca se entrega al pensamiento.PUBLICIDADEste ensayo pretende recorrer ese triángulo singular: Biblia – Averroes – Borges, donde cada vértice ilumina al otro. Averroes afirma que el Misterio debe traducirse en concepto. Borges sospecha que solo hay perplejidad frente a lo sagrado. El Misterio de la Biblia permanece inasible como un faro que nos guía pero que es imposible alcanzar. ¿Estamos cerca o lejos de la Biblia? No lo sabemos, ni lo sabremos.En el Génesis Dios crea el Universo con la palabra, es un Dios sin nombre que paradójicamente crea con la palabra y que jamás revelará su nombre. “Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: “Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros”. (Éxodo 3:14). También prohíbe la imagen; “No te hagas ninguna imagen, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra”. (Éxodo 20:3-8).PUBLICIDADDios es puro “Ser,” no está sujeto a la sucesivo, a “existir”, (Lat. ex – sisto/sistere, “estar afuera”), Dios no está sujeto a las categorías de la conciencia. No está sujeto al espacio, es infinito; ni al tiempo, es eterno. Las Escrituras nos recuerdan que lo dicho nunca contiene por completo lo que quiere decir. Desde la Expulsión, desde que comimos el fruto prohibido del célebre Árbol perdimos el lenguaje angélico, ese lenguaje con el que “hablábamos con Dios”, que contenía al objeto y solo nos quedó la representación. PUBLICIDADPero no terminó ahí. Intentamos llegar al Misterio con una torre: Babel, fue la segunda tragedia lingüística del hombre. Quisimos conquistar de nuevo el cielo; cuando todavía hablábamos un único idioma, creyendo que el lenguaje podría transformarse en escalera hacia Dios. Es otra vez la soberbia de creer que la palabra humana puede abordar el Misterio. El castigo destruye la torre y destruye la transparencia, Dios reparte el lenguaje en fragmentos, la comprensión perfecta se rompe para siempre y traducir será nuestro destino. La razón ha perdido su universalidad, su pretendida omnipotencia. El mundo ya no cabe en una sola voz. PUBLICIDADEs ahí donde se revela la paradoja que guiará todo este ensayo; el lenguaje humano sólo representa, no llega al Misterio que algunas veces se revela en la experiencia mística.La representación busca capturar objeto que y no lo consigue ni lo conseguirá nunca. La revelación, en cambio es una experiencia mística inasible por la razón. Cuando el Texto habla de Dios, lo hace con imágenes y conceptos que inevitablemente se quedan cortos. La Biblia lo admite desde sus primeras páginas, cuando prohíbe fabricar imágenes de lo divino: Al Misterio sólo podemos acercarnos, (y sólo acercarnos), mediante metáforas, con mensajes que están atrás de los mensajes como dirían los griegos, con palabras que pierden su significado para ingresar en un ámbito inasible por la razón.PUBLICIDADLos conceptos y las imágenes son representaciones del mundo, reflejo inexacto, inmóvil, incompleto de un caos que, para ser cosmos, (Gr, kosmos; Orden), debe estar sometido al tiempo sucesivo y medible y al espacio limitado, también medible. Un Dios sin nombre y sin imagen, sin tiempo y sin espacio, es reconocimiento de un desborde permanente, un desborde del lenguaje, un desborde de la consciencia y de la Razón. Misterio de la luz y de la sombra. PUBLICIDADLos rabinos enseñaron que la Torá tiene 70 rostros; el número 70 combina el 7, (perfección espiritual) y el 10 (plenitud o totalidad), lo que lo convierte en símbolo del Misterio inasible de Dios. San Pablo sostuvo que “la letra mata, el espíritu vivifica”, o sea que el concepto es un reflejo muerto y la vida es puro misterio. Ambos reconocen que el Texto es más grande que cualquier lector. Esto conduce a una consecuencia dramática: la lectura de la Biblia es un acto en que el texto se entrega, pero no se entrega algo que sabemos que está detrás.PUBLICIDADPor eso en la exégesis se cruzan dos movimientos que siempre estuvieron en tensión; el deseo de claridad y el respeto al Misterio.Los filósofos suelen aspirar a la primera; los místicos, a la segunda. La Biblia los reúne a ambos en un mismo escenario. Isaías dice “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice el Señor”. (Isaías 55:8–9:). El que habla invadiendo la consciencia y la voz del profeta es Yahvé. PUBLICIDADEsa distancia no clausura la búsqueda, seguiremos intentando “entender” a Dios; nuestro inexorable destino es intentarlo, aunque sepamos que es imposible. La historia de la interpretación occidental podría contarse como la historia de esa tensión.La Biblia es una deriva del Misterio: También es lenguaje, pero igual que Él está más allá de la palabra.Averroes sostuvo que la inteligencia humana es obra divina y que la razón no es una fuerza rival de la fe, sino su hermana natural, destinada a acompañarla en la búsqueda de la verdad.Averroes escribe defendiendo la filosofía contra el pensamiento del místico persa Al Ghazali, que vivió cien años antes que él. Al Ghazali era un filósofo aristotélico que, en 1095, cercano al final de su vida sufrió una crisis mística y a partir de ese momento discutió lo que antes afirmaba y se volvió crítico de la filosofía, especialmente de Aristóteles. Escribió entonces una obra célebre, “Tahafut al falasifa”, (La Destrucción de la Filosofía), que tuvo una enorme influencia en el pensamiento Sunni postergando el desarrollo filosófico, que renace cien años después en el Califato de Córdoba. Averroes, que es uno de los soldados de la razón, escribe entonces “Tahafut al Tahafut”, (La Destrucción de la Destrucción), que Borges menciona en “La busca de Averroes”. La obra contribuye a instalar nuevamente el pensamiento filosófico en el islam. Sostiene que dos luces no pueden contradecirse, lo verdadero de la revelación y lo verdadero del pensamiento deben coincidir, porque vienen del mismo origen. La Escritura habla en imágenes, en gestos, en dramas, en metáforas atrás de las que reposa el Misterio; la filosofía busca conceptos limpios, ecuaciones del ser. ¿Qué ocurre cuando lo indescriptible debe plegarse al rigor de una definición? Averroes se convence de que la metáfora es un escalón inicial para quienes necesitan apoyarse en la imaginación antes de elevarse al entendimiento, de modo que la plenitud en los libros sagrados se alcanza con la razón y no con la metáfora que es solamente un instrumento.. Sin embargo, la metáfora no es un disfraz; es la única forma de aludir al espíritu.La Biblia conocía ya esa tensión. Por eso la Biblia no nos dice el nombre de Dios, porque lo nombrado circunscribe y limita, mientras que Dios es infinito y eterno. “La letra mata,” (mata la eternidad, agregaríamos nosotros), la letra no soporta el Misterio sin velos. El símbolo protege. La metáfora, lejos de ser un error, es un pacto con lo indecible, es el punto máximo de acercamiento al Misterio al que llega nuestro rudimentario lenguaje de representación.La lectura de la Biblia queda marcada por la tensión entre la claridad que busca la razón y el respeto al Misterio que preserva la fe.
Borges, Averroes y la Biblia: el ensayo que convierte el misterio en una gran conversación
El pulso entre el pensamiento y lo sagrado surge a partir de un filósofo andaluz y el autor argentino, con el gran texto de la humanidad como escenario central de la discusión













