La Biblia había contado esa historia en otro tono, sobre la tragedia de la razón que no alcanza al Misterio pero igual lo intenta. Job quiere entender el sufrimiento y solo encuentra el torbellino, Moisés pide ver el rostro de Dios y solo le es permitido contemplar su espalda. El hombre que exige una explicación perfecta recibe un espectáculo: la naturaleza, el trueno, el fuego. Dios no responde con argumentos, sino con una puesta en escena. El universo es el teatro de lo sagrado. Borges, que entendía el mundo como un escenario donde todos representamos un papel, se reconoce en su personaje Averroes. Él también pasa la vida interpretando libros que hablan de cosas que tal vez nadie ha visto. Por eso el cuento se cierra con una confesión: “Sentí que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes, sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y de Asín Palacios”. Es un gesto de humildad, un eco de Babel: el narrador confiesa la propia ignorancia. En ese reconocimiento, Borges se une al filósofo. Los dos quedan suspendidos en el mismo límite: el del lenguaje frente a la realidad. El cuento entero parece escrito para ilustrar una enseñanza bíblica que no sabemos si Averroes conoció: “El principio de la sabiduría es el temor de Dios.” (Proverbios 1:7). La Biblia, en su sabiduría inasible por el intelecto, los abraza a ambos: sabe que cada búsqueda, aun la más equivocada, es una forma de oración sin esperanza.
El universo como teatro de lo sagrado
El pensamiento de Averroes y la literatura de Borges se espejan. El filósofo quiso hacer del entendimiento una escalera hacia el cielo; el escritor prefirió mirar el cielo desde la tierra y aceptó que el resplandor hiere los ojos. La Biblia se alza sobre los dos, enseña que el saber comienza con el temblor, no con la certeza.











