Borges imaginó un libro monstruoso. Un volumen sin principio ni fin, cuyas páginas cambiaban de lugar cada vez que alguien intentaba encontrarlas. Un libro infinito y por eso mismo ilegible. El narrador del “Libro de arena” termina por comprender que la posesión de semejante objeto es una condena. Lo es porque el lector necesita límites. Necesita saber que existe una primera página, una última, un recorrido posible. Sin esas certezas, la lectura se vuelve una forma de extravío. Pero la idea de Borges admite una variante menos fantástica y más inquietante. Existen muchos libros de arena. No son infinitos. Tienen un número preciso de páginas. Ocupan un lugar determinado en una biblioteca. Se pueden abrir siempre en la misma página. Sin embargo, producen un efecto semejante al del libro borgiano: cada vez que regresamos a ellos, encontramos algo que antes no estaba. La explicación más simple consiste en decir que los libros no cambian; quienes cambiamos somos nosotros. Es verdad, pero la frase resulta insuficiente. Hay obras que parecen colaborar activamente en ese fenómeno, libros que guardan frases, escenas o relaciones secretas que permanecen invisibles durante años, libros que contienen más de lo que una lectura puede extraerles.