La sombra del burroPrevost ha se�alado el muro que separa a los espa�oles y les obliga a renunciar a la centralidad y el inter�s generalActualizado S�bado,
junio
22:47Le�n XIV escogi� Espa�a para estrenar su vocaci�n de influencia civilizatoria en el momento cr�tico de descomposici�n del orden moral que sosten�a la convivencia occidental. Robert Prevost no vino s�lo a hablarle a un pa�s, ni siquiera s�lo a los cat�licos, sino a intervenir desde un escenario espa�ol en una crisis que considera universal: la erosi�n de la cultura pol�tica basada en el reconocimiento de la dignidad humana, la fatiga de las democracias, la degradaci�n del bien com�n y las consecuencias antropol�gicas de la revoluci�n tecnol�gica.El mensaje del Papa es que est� en juego la idea de Occidente nacida del encuentro entre el humanismo cristiano y la Ilustraci�n y, con ella, los principios liberales en los que se reconocen los ciudadanos que aspiran a la libertad y la justicia. La extraordinaria dimensi�n de la visita revela hasta qu� punto la Iglesia conserva un ascendiente espiritual singular en este tiempo de vac�o del liderazgo democr�tico, incluso en una sociedad crecientemente secularizada. Madrid y Barcelona proyectaron al mundo lo mejor de s� mismas.La clave conceptual estuvo en el Congreso. �Los asuntos sobre los que se pronunci� Le�n XIV son genuinamente controvertidos, mucho m�s de lo que a veces se admite�, escrib�a el viernes F�lix Ovejero. Y as� es, por supuesto. Pero el Papa traz� un diagn�stico certero al dirigirse sin ambig�edades a nuestra comunidad pol�tica fracturada. Cuando habl� de �renovaci�n moral� y de los �l�mites morales del poder�, cuando subray� que �el bien com�n� no puede quedar sustituido por �intereses parciales�, estaba apuntando tambi�n a realidades muy visibles en la Espa�a de hoy: el desprecio por la verdad y por la responsabilidad pol�tica, la polarizaci�n extrema y la degradaci�n del debate, la colonizaci�n partidista de las instituciones y la alarmante incapacidad para construir pol�ticas de Estado.Prevost estaba se�alando al muro que separa a los espa�oles y les obliga a renunciar a la centralidad y el inter�s general. La pol�tica que descansa sobre los extremos y los identitarismos excluyentes. El largo aplauso que recibi� delat� que casi ninguno lo hab�a entendido o que casi todos necesitaban un descanso. El discurso tuvo luego una traducci�n catalana: en Montserrat y la Sagrada Familia, ante los s�mbolos espirituales y culturales de la �regi�n� en la que el nacionalismo cultiva esa fractura emocional y pol�tica de Espa�a, el Papa reclam� �unidad y concordia�. La elecci�n del t�rmino regi�n, nada inocente tras escuchar a Illa decir �naci�n�, corrige de ra�z la gram�tica sentimental del independentismo.Espa�a ofrec�a al Papa una posici�n geogr�fica e hist�rica central como puerta abierta entre varios mundos y una memoria cat�lica e intelectual formidable. Y a la vez una miniatura muy expresiva del desorden contempor�neo. Por eso el viaje culmin� en Canarias. All� la visita dej� definitivamente de ser s�lo espa�ola para convertirse de lleno en europea y global. Le�n XIV observa la inmigraci�n como el fen�meno estructural que pone a prueba la cohesi�n moral de las sociedades occidentales. Lejos de limitarse a reivindicar un vacuo sentimentalismo migratorio, Prevost censur� las pol�ticas identitarias -y las �prioridades nacionales�, por tanto-, pero tambi�n al Estado irresponsable que act�a como �mero gestor de flujos�, descuida actuar en origen y olvida dotar los servicios que garanticen una �acogida respetuosa� y una �integraci�n adecuada�.S�nchez no se dio por aludido. Trat� de instrumentalizar la visita para adherir su pacifismo ret�rico a la profundidad del Papa, pero no se lo permitieron. Su emoci�n impostada acunando beb�s en Arguinegu�n contrast� con la autenticidad de Prevost. �Naturalmente que volver�n las oscuras golondrinas a colgar de los balcones de los peri�dicos sus nidos de mierda, corrupci�n y enfrentamiento�, arrancaba Jorge Bustos. Ser� as�: esta comunidad pol�tica fracturada regresar� a su triste realidad desde ma�ana mismo bajo una fuerte lluvia de azufre.La semana ser� fren�tica. La esposa del presidente desfilar� por el juzgado y despu�s lo har� Zapatero, el s�mbolo de la izquierda que acomod� la posici�n de Espa�a en el mundo a su enriquecimiento personal. Y tendremos, quiz�, la primera sentencia firme contra la corrupci�n del Gobierno. El muro tambi�n degrada la vida p�blica porque representa una garant�a de impunidad. Pero Le�n XIV no vino s�lo a certificar una fractura, sino a recordar d�nde puede Espa�a reencontrarse: en la noci�n del bien com�n, la unidad y la concordia. La responsabilidad es de todos: de nada sirve creer que es siempre de los otros. Aqu�, como en pocos lugares de Occidente, la crisis de la convivencia y la necesidad de una renovaci�n moral se han convertido en verdades inseparables.













