Ning�n Papa hab�a intervenido ante las Cortes hasta el d�a de ayer. Le�n XIV lo hizo como jefe de Estado de El Vaticano y no como Sumo Pont�fice, pues esa fue la condici�n que impusieron a la Santa Sede tanto la presidenta del Congreso como el Gobierno cuando recibieron su petici�n de hablar a los representantes pol�ticos de todos los espa�oles. Aun as�, el Santo Padre se present� como "Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia cat�lica". Prueba de que no habl� como cualquier otro jefe de Estado, sino en calidad de faro moral de Occidente, es que recibi� la ovaci�n m�s prolongada de los diputados y senadores que se recuerda en los �ltimos tiempos: siete minutos de aplauso transversal, al que se sumaron todos los grupos parlamentarios presentes (se autoexcluyeron Podemos y BNG). En medio de la ovaci�n se escucharon cinco v�tores -�Viva el Papa!-, coreados en la bancada como si hubiese reaparecido Morante en Madrid tras su antol�gica faena del pasado 12 de octubre, en el D�a de la Hispanidad. Unos vivas que recordaron a los v�tores tan incardinados en la tradici�n universitaria de Salamanca, cuya escuela de pensamiento impulsada por fray Francisco de Vitoria cit� Le�n XIV como precursora de la reflexi�n sobre los l�mites morales del poder. El Papa norteamericano, con alma y nacionalidad peruana, no hizo un discurso f�cil. Pidi� a los dirigentes pol�ticos que alzasen la mirada, como reza el lema de su viaje a Espa�a, y no de manera metaf�rica, sino tambi�n para hablarles de la luz que pasaba por el lucernario de la C�mara, pedirles reconocer "una medida que precede y supera" la pol�tica, y que recuperen "la nobleza del di�logo y la nobleza del servicio". Ante la luminosidad del mensaje del Papa, se ve�an empeque�ecidos desde la tribuna quienes habitualmente desaprovechan su capacidad de hablar en la sede de la soberan�a nacional (que no popular, Armengol) vomitando discursos de confrontaci�n, polarizaci�n y divisi�n, los mismos que Su Santidad reclam� desterrar de la vida p�blica diaria en el pa�s de Su Sanchidad. Pese a ello, al Papa le aplaudieron varios de los que fueron directamente interpelados por sus mensajes sobre migraci�n (Santiago Abascal), polarizaci�n y rearme (Pedro S�nchez), o el aborto y la eutanasia (M�nica Garc�a), algunos con m�s entusiasmo que otros. Las manos comenzaron a flojear por la bancada separatista, que minutos antes ya hab�a dejado patente su mala educaci�n. Antes del discurso, durante el saludo protocolario a los portavoces de los grupos, los correveidiles de Puigdemont trataron de emular a los del siete de Las Ventas cuando se atreven a decirle a un torero que se arrime m�s o que baje la mano, pidi�ndole ellos a Le�n XIV que utilice el catal�n en la bendici�n de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. Frente al localismo miope de Junts, el Papa reivindic� despu�s la universalidad del espa�ol como "una lengua que une continentes". La palabra m�s repetida entre sus se�or�as para calificar el discurso papal fue "hist�rico", pero habr� que buscar un t�rmino que se salga de los t�picos manidos para calificar lo que el Pont�fice misionero est� despertando en la sociedad espa�ola con su mensaje de paz desarmante y esperanza verdadera, junto a su mirada humilde. Aunque no sali� por la 'puerta grande' del Congreso (reservada para los Reyes y los funerales de Estado), sino por la del patio de Floridablanca, se permiti� el lujo de romper una vez m�s el protocolo y cruzar la Carrera de San Jer�nimo hacia la otra acera para acercarse a las personas que all� se hab�an congregado para saludarlo. Se lo hab�a ganado.