La reciente visita de León XIV a España ha resultado de una intensidad y repercusión extraordinaria. A ello ha contribuido en buena manera la desorientación generalizada de un Occidente que anda a la búsqueda de personalidades que alimenten no solo la idea de trascendencia, sino también de que un mundo mejor es factible. Además, su primera y reciente encíclica Magnifica humanitas, de especial contundencia frente al llamado tecnofascismo al que puede conducirnos la inteligencia artificial, ha alcanzado una enorme repercusión, como también sucedió con motivo de su enfrentamiento con Donald Trump. Todo ello le ha convertido en una gran referencia ética global, no solo para el catolicismo.
No ha sido esta la única ocasión en la que un pontífice ha congregado a cientos de miles de fieles en el espacio público, pero, seguramente, sí es la primera vez que sus intervenciones han sido tan recogidas por la política. Y es que todos, a derecha e izquierda, han querido capitalizar los posicionamientos del Vaticano: los progresistas, destacando la coincidencia entre sus políticas sociales y migratorias y la renacida doctrina social de la Iglesia, mientras que los conservadores han visto en la respuesta masiva de la ciudadanía a la llamada del Papa una bofetada al sanchismo y un renacer de aquellos valores y tradiciones que la izquierda radical había diezmado en los últimos tiempos.












