13 de junio, 2026 - 07h00No hay duda: la pelota es una gran herramienta de comunicación que, sin necesidad de que quienes la usan hablen el mismo idioma ni tengan similar origen, los acerca y relaciona; pone en comunión o discusión; los amista o enfrenta, en medio del torrente de pasión que genera el balón en su contacto íntimo con las redes del arco rival.Y si no, miren el entorno y las previas de mundiales como el que ahora mismo se desarrolla en tres países de Norteamérica: México, EE. UU. y Canadá. En la previa, vimos en el país un hecho poco usual: desconocidos hablando en corredores, salones y establecimientos educativos, para intercambiar cromos con la imagen de alguno de los más de 1.200 futbolistas que disputan la Copa del Mundo, y que fueron compilados por la empresa Panini, de Italia –país que, paradójicamente, no clasificó esta vez al Mundial–, en un álbum que se convirtió y sigue siendo tema de conversación familiar, filial, gremial, estudiantil. Y detrás de esa reacción, el elemento comunicacional que los unía: el balón de fútbol, que es lo que tienen en común esos fanáticos y sus ídolos, algunos de nombres impronunciables.Y ya en el certamen, es muy decidor ver a hinchas que se trasladan de apartados sitios del mundo para acompañar a su selección, sin que haya traba geográfica ni cultural ni económica que les impida esa decisión, por sacrificado que sea cumplirla. Vemos a familias que hacen múltiples esfuerzos por estar ahí, donde se libra el campeonato, o a los miles que se reúnen en casas, barrios, bares, clubes, gremios a observar por TV las incidencias de ese ir y venir de la pelota, que así como distrae y reconforta puede apenar, pero no abatir, porque ni siquiera en la derrota suelen estas experiencias apagar emociones.El fútbol, dicen las teorías psicológicas, es un potente espejo y catalizador de la salud mental, abordando patologías, traumas y procesos terapéuticos profundos que van mucho más allá del rendimiento deportivo tradicional que se enfoca en lograr la meta –el gol– u optimizar la concentración de los individuos, tan difícil en época de distractores tecnológicos masivos como la actual. Y desde la psicología clínica se analiza permanentemente cómo este andar de la pelota se entrelaza con trastornos como la depresión, la ansiedad, las adicciones o los problemas de identidad. Conexiones que afectan tanto a futbolistas de élite como a los aficionados. Ambos se materializan en esa efervescencia individual o colectiva.Mirando desde lo puramente comunicacional, todas esas conexiones neuronales que provoca la pelota hacen que el individuo se exprese como no lo hace quizás en ningún otro momento o escenario. Que se apasione por el desempeño que alguno de sus ídolos alcanza en determinado momento –y lo exterioriza sin límites– o minutos después se indigne con el mismo ídolo por algún error garrafal.En definitiva, el del balón es un lenguaje efectivo, transversal, multiétnico, que pone en contacto con mayor velocidad que ninguno a personas que acaban de conocerse. Ya quisieran otras herramientas comunicacionales tener esa virtud, y servir para el bien de la comunidad, como lo hace el fútbol cuando da una motivación vital. (O)