En Lo intolerable. Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea (Cuadernos Anagrama, 2026), Enrique Díaz Álvarez escribe: “No es solo que tendamos a movernos más por los afectos que por la razón, sino que, al obviarlo, se escriben éticas y teorías políticas que devienen sátiras. Totalmente inaplicables”. Sus páginas son una llamada a salir del letargo frente al sufrimiento ajeno y ese fragmento hace referencia a la sátira, recurso con el que la cultura evita que las conciencias hibernen.Stephen Colbert la usó en The Late Night, del que le han echado. La censura es la forma más violenta de asesinar la sátira, pero hay otra más sibilina: deformar el contexto hasta que crearla y entenderla parezca imposible y anular así su valor político, que no es solo hacer reír, sino reflexionar.En la cuarta temporada de El encargado hay ejemplos de cómo se ha reducido ese valor. Cuando el presidente argentino acaba un mensaje a la nación llamando “hijos de puta” a quienes cuestionan sus decisiones, el siniestro conserje —convertido en asesor “por hablar claro”— le critica el tono del maquillaje, no el insulto. Es ficción, pero en 2026 cuesta creerla menos que hace cuatro años, cuando se estrenó la serie y Javier Milei no era presidente.Sus creadores, Mariano Crohn y Gaston Duprat, no son más torpes que en 2022. Como no lo fue Jonathan Swift en 1729 cuando publicó Una humilde propuesta y algunos lectores creyeron que defendía de verdad vender y comerse a los bebés para acabar con la hambruna en Irlanda. Lo que pasa hoy es que quien planea una crueldad como convertir la Franja de Gaza en un resort es Donald Trump, presidente de los Estados Unidos.La tradición satírica, de Grecia a Roma y de ahí a Inglaterra o al Saturday Night Live, distorsiona la realidad para evidenciarla, y para que funcione debe haber una distancia entre lo real y lo creado. Trump y sus émulos no dan ese margen y la sátira queda, si no muerta, sí amputada. Para un género que el académico Northorp Frye definió como “ironía militante contra los abusos del poder” supone una pérdida democrática.Ironía militante es la de Darío Fo en Muerte accidental de un anarquista, donde ataca a jueces, políticos, policías y periodistas por permitir la impunidad del poder. Apuntaba a un sistema, no a un partido y despertó conciencias, pues como escribió el periodista Carlos Monsiváis: “La sátira no crea politización por sí sola, pero la alienta”. No es eso lo que hacen Trump y los suyos.Los memes de la ultraderecha no son sátira, pero usan mucho uno de sus recursos: la burla. Muchas veces, desde la Casa Blanca o la Rosada, pues en la era de la revancha el rey también quiere ser bufónLos memes de la ultraderecha no son sátira, pero usan mucho uno de sus recursos: la burla. Muchas veces, desde la Casa Blanca o la Rosada, pues en la era de la revancha el rey también quiere ser bufón, algo que desvirtúa la sátira, mecanismo creado para controlar a los que mandan. Lo contrario es propaganda, y su objetivo no es politizar sino polarizar.Es lo que hacen algunos programas de tertulia en Argentina con sus vídeos hechos con IA. La crisis del kirchnerismo es uno de los temas preferidos y los vídeos, burdos, solo dan risa a los convencidos y vergüenza ajena a quienes esperan algo más del periodismo. Algo como No habrá más penas ni olvidos (1978), de Osvaldo Soriano, un relato descacharrante y negrísimo sobre la lucha fratricida entre peronistas que aún invita a tomar nota. Esos vídeos, no; y ese empobrecimiento afecta al entendimiento, un bien menos reivindicado que la libertad de expresión, pero imprescindible para ejercerla.La burla es más facilona y destructora que la sátira y en un mundo donde prolifera el delirio, es tentadora. Colbert no podía ser tan duro con Barack Obama porque no imponía caprichos y formas deleznables, pero tampoco le apretó las tuercas, y cayó en la misma zafiedad de Trump, a quien le dijo que su boca solo servía como funda para el pene de Putin. Quizá sea hora de agudizar el ingenio y revitalizar la sátira.¿Qué pueden hacer los que votan? Reaprender a leer. Algo falla cuando webs dedicadas a verificar noticias como Mythdetector tienen secciones llamadas “Sátira” donde incluyen memes que, tras analizarlos, concluyen que solo son chistes de publicaciones satíricas, cuya tarea no es engañar. Tampoco difamar, por más que Abogados Cristianos logre que El Jueves pague 6.000 euros a su portavoz por violar su derecho al honor. Otra forma de asfixiar la sátira.Es coherente: la ultraderecha detesta la cultura y prefiere la lucha libre, a poder ser en las redes. Pero ni todo está en sus manos, ni internet es un infierno inevitable. Lo recuerdan Jordi Pérez Colomer y Sandra González-Bailón en El vuelco. Historia personal y política de cómo las redes han cambiado el mundo para siempre (Deusto, 2026), donde desmontan lugares comunes y planteamientos deterministas sobre un espacio que comparan con la madriguera donde cayó Alicia, la del País de las Maravillas. La diferencia es que nosotros entramos voluntariamente y por eso El vuelco describe el cambio, pero también invita a tomar las riendas.Está escrito, por cierto, en una primera persona del singular que contiene a ambos autores, una declaración de intenciones entre tanto egomaníaco, que conecta con la que hace Díaz Álvarez: “Ser intolerantes con lo intolerable”. Usar como motor el asco que sentimos ante los abusos y no actuar como si fueran irremediables. Ideas que apelan a lo que está en nuestra mano y nos hace humanos: los afectos, el humor, la cultura o un “no” a tiempo. No son propuestas satíricas, son aplicables.