Stephen Colbert ha hecho mucho más que hacernos reír los últimos 20 años. Su sátira política ha servido para explicar la financiación de los partidos o los abusos de poder. Su empatía ha canalizado conversaciones sobre el luto, la fe o la violencia. Puede que los guiones fueran mejores que los de otros shows, pero su sutileza detrás de los chistes es lo que probablemente marcaba la diferencia con los demás.
La despedida este jueves, forzada por la CBS, es reflejo del momento en la vida pública de Estados Unidos: la operación inédita de control gubernamental de la televisión; la deriva autoritaria que no aguanta la crítica del poder, y todavía menos si tiene gracia; la crisis de los canales de información tradicionales en medio de la competencia de cualquier cosa en las redes, el volumen sin freno de contenido malillo, la falta de atención y la desconfianza de todo lo que suene a institución.










