Lola quiere que una pequeña parte de su historia, el calvario que vivió durante cinco años, llegue a oídos del Papa. En especial, un mensaje: “Nosotras no hemos pecado. Tampoco elegimos esto, fuimos obligadas y coaccionadas”. La mujer, —cuyo nombre, junto a la mayoría en este reportaje, ha sido modificado por razones de seguridad— fue engañada en Colombia para ser explotada sexualmente en España. Su gesto se endurece cada vez que siente la necesidad de recordar una evidencia que durante años nadie quiso escuchar: nunca fue una decisión propia. “No vi la luz del día en cinco años. Nos pegaban por cualquier cosa, la deuda nunca terminaba y nos obligaban a hacer de todo”, cuenta. El papa Francisco convirtió la lucha contra la trata de personas en una de las grandes banderas sociales de su pontificado y llegó a escuchar a quienes habían sobrevivido a ella. Este jueves, en Canarias, el tema ha vuelto a ponerse sobre la mesa con León XIV como nuevo interlocutor.En el puerto de Arguineguín, durante un encuentro con migrantes, la voz de una voluntaria se quebraba al leer el testimonio de otra mujer víctima de trata. “Me quitaron a mi hijo y me obligaron a prostituirme”. El Papa escuchaba con el rostro grave y le dedicaba unas palabras. “Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación (...) Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo”, decía el pontífice. Fuera de ese escenario, en otro punto de las islas, la realidad que describen esos testimonios sigue siendo visible. En una de las principales vías donde se ejerce la prostitución en Gran Canaria, un hombre se acerca a una mujer apoyada en una farola. Comienzan a hablar; él fuma y ella ríe sin ganas. Diez jóvenes, de aspecto adolescente, los miran desde la puerta de un local sin ningún indicativo. Apenas a unos metros de ahí, Lola cuenta su historia. Ahora está a salvo entre las paredes del Centro Lugo, que atiende a víctimas de trata, pero fuera la cosa es distinta. Ella pudo escapar porque avisaron a sus captores de que iba a haber una redada y “las tiraron a la calle”. Hasta ese día, su familia no sabía si estaba viva o muerta.Detrás de las rutas migratorias, las víctimas de trata representan el rostro más vulnerable y trágico del desplazamiento humano. Lola llegó a España convencida de que trabajaría como limpiadora, pero no fue así y, cuando logró huir de aquel infierno, reintegrarse en el mercado laboral resultó casi tan difícil como escapar. “Es muy complicado porque ya venimos marcadas por la exclusión. Sentimos que la sociedad nos mira y nos gira la cara”, explica. En Canarias, añade, esa realidad se acentúa por las dimensiones del territorio. “El estigma es mayor porque las islas son pequeñas. Puedes acudir a una entrevista de trabajo y encontrarte con que quien te entrevista ha sido cliente. Es muy duro porque, en cuanto te reconoce, te saca corriendo de ahí”.El papa Francisco consideraba la esclavitud moderna —que incluye la trata de seres humanos, el trabajo forzoso, la prostitución y el tráfico de órganos— un delito de lesa humanidad. “Sin duda, ha sido el pontífice que ha abordado esta cuestión con mayor contundencia. Y no se limitó a las declaraciones, sino que impulsó la creación del Grupo Santa Marta, una alianza global que reúne a cuerpos policiales y representantes de la Iglesia de distintos países para reforzar la cooperación en la lucha contra este crimen”, explica Jesús Avezuela, director general de la Fundación Pablo VI. Avezuela sostiene que, a pesar de que León XIV hasta ahora no había abordado de manera expresa la cuestión de la trata, sí que hablaba muchas veces de dignidad humana. Cuando cae la tarde en Las Palmas de Gran Canaria, las trabajadoras sociales del Centro Lugo recorren las calles donde se ejerce la prostitución. Se acercan sin prisas, saludan, preguntan a las mujeres cómo están y, poco a poco, intentan abrir una rendija de confianza. En sus manos llevan una bolsa con preservativos y lubricante que reparten junto a un número de WhatsApp al que pueden escribir cuando decidan pedir ayuda. “El año pasado atendimos a 566 personas, de las que 563 eran mujeres y tres eran hombres. El 90% de estas personas eran migrantes”, cuenta Iraida Alemán, responsable del Centro Lugo. También en 2025, la Policía Nacional y la Guardia Civil liberaron a 1.869 víctimas de trata y explotación sexual o laboral, un 4% más que en 2024, según datos del Ministerio del Interior. Pero detrás de esa cifra aflora solo una parte del problema, porque miles de víctimas continúan atrapadas en redes de explotación sin llegar a ser detectadas.Junto a Lola en el Centro Lugo se sienta Eli. Su madre y su suegra la vendieron a una red de trata que la trajo hasta un club en las islas donde le quitaron el pasaporte nada más llegar. Eli se aferró al alcohol y las drogas para lidiar con el sufrimiento. A ella le ha costado tiempo encontrar las palabras y la confianza necesarias para contar su historia. Pero cuando finalmente habla, su voz trasciende la experiencia personal y expresa lo que sufren las mujeres que todavía se ven obligadas a regresar cada día a esta calle. “Cuando estaba aquí sentía que no era parte de la sociedad. Me gustaría decirle al Papa que un paso importante para nosotras es convertirnos en la voz de las mujeres que no se atreven o no pueden denunciar”, asegura la mujer colombiana.Cada paso de León XIV parece guiado por un carácter sosegado, más dado a escuchar y reflexionar que a precipitar decisiones. Quienes le conocen lo describen como alguien preocupado por tender puentes y reducir las divisiones dentro de la Iglesia. “Hay un sector que prefiere una Iglesia más centrada en la liturgia y en otros dogmas teológicos. Son corrientes menos volcadas en la acción social y, en consecuencia, menos partidarios del enfoque del papa Francisco. Consideran que estas cuestiones pueden quedar fuera de la misión espiritual de la Iglesia”, subraya Jesús Avezuela, director general de la Fundación Pablo VI.Sin la ayuda de la acción social, Sara nunca hubiese podido rehacer su vida. Ella, como Lola y Eli, también aterrizó en España desde Colombia con un billete de regreso ya comprado, pero nada más llegar le quitaron el pasaporte. A la deuda que sus captores aseguraban que tenía, se le añadían nuevos intereses cada día, lo que hacía imposible devolverla. “Me llevaron a una casa donde solo había una habitación y, cuando llegaba un cliente, nos sacaban a todas para que eligiese. Nunca me olvidaré de la primera persona con la que tuve que acostarme”, relata Sara. “Yo lloraba todo el rato. Me decían que tenía que trabajar sí o sí porque estaba en juego la vida de mis dos bebés en Colombia”, añade. Le amenazaban diciendo que sabían dónde estaban sus hijos e incluso llegaron a atentar contra ellos para convencerla de que tenía que pagar la deuda. “No he conocido jamás a ninguna mujer que le guste hacer esto. No es dinero fácil. Será dinero rápido, pero fácil jamás”, zanja.