El miércoles, por unos minutos, Barcelona volvió a ser olímpica. Regresamos al 92 desde el templo expiatorio de la Sagrada Familia. Sentimos que la ciudad es capaz de organizarlo todo. Frente a los recurrentes discursos de la decadencia —de la ciudad, del país, del malestar urbano—, asumimos que tenemos la octava maravilla del mundo, aunque eso nos traiga turismo. La sociedad catalana, o una parte de ella, necesitaba un chute de orgullo y este ha sido el más intenso del postprocés. Ya no hace falta que sigan angustiados (si es que alguna vez lo estuvieron): la marca Barcelona sigue muy viva. Fue tanta la sensación de trabajo bien hecho anoche que no hizo falta ni compararse con Madrid, práctica habitual. En el cielo apareció el rostro de Gaudí dibujado con drones y la frase “Primero el amor, después la técnica”. Y la técnica se demostró de la mano del director Igor Cortadellas. Funcionó todo y, como en un concierto de Coldplay, teledirigió los miles de farolillos blancos que portaba el público. La imagen de Barcelona ha dado la vuelta mundo, con 9.000 personas dentro del templo y 130.000 en el exterior.La cita olímpica de 1992 fue clave para sacar a Barcelona de un hiriente retraso histórico material. Lo de ayer fue más un tema inmaterial, pero también necesario. El catalán es un poco ciclotímico, se puede levantar pensando que es el mejor para despertar al día siguiente pensando que es desastroso por su falta de poder. La capitalidad de Madrid es algo permanente, la de Barcelona tiene que ganarse cada vez. Decía Ada Colau, en el 30 aniversario de los Juegos Olímpicos, que los Juegos sirvieron para “colocar la ciudad en el mundo”, pero también para convencer a los propios barceloneses de que la ciudad podía “jugar en la liga de las mejores ciudades del mundo”. Podía y puede.Los drones, los fuegos, las luces cautivaron al espectador salvando muchas distancias, pues no es lo mismo una iglesia que un estadio deportivo. La de la Sagrada Familia fue la última parada de León XIV en Cataluña, más discreta y contenida que su paso por Madrid. Saboreemos por un rato el buen hacer, aunque solo sea por un momento. Para enseguida pasar a lo de siempre: los casos de corrupción, el turismo desenfrenado y los ajustes de cuentas en plena calle. Porque eso sigue. Y seguirá.
Éxtasis olímpico en Barcelona
La capitalidad de Madrid es algo permanente, la de Barcelona tiene que ganarse cada vez
Barcelona commemoró 30 años de los Juegos Olímpicos mediante una ceremonia con 130.000 personas, coordinando en tiempo real drones y 130.000 farolillos controlados remotamente dirigidos por Igor Cortadellas. Para managers tech de smart cities, demuestra la viabilidad de coordinar dispositivos IoT masivos desde control centralizado único, relevante para infraestructuras urbanas digitales y arquitecturas de gobernanza escalables.













