La memoria tiene sus hilos impredecibles que de forma azarosa hilvanan recuerdos y recosen situaciones del pasado, pero también continúan tejiendo el compromiso con las aspiraciones y los ideales del futuro. La reciente visita a la exposición sobre Barcelona, capital mundial de la Arquitectura 2026 (sede de la Edit. G. Gili) me ha permitido rememorar los principales hitos del urbanismo barcelonés y renovar la perspectiva de un cambio de escala para avanzar hacia la articulación de una dimensión territorial más allá de los límites municipales y el pleno establecimiento de una gobernanza metropolitana federativa, todavía incipiente. La muestra presenta una inédita y reveladora maqueta de gran tamaño de la ciudad, acompañada de una serie de instalaciones y gráficos, que ilustran de forma didáctica e interactiva su evolución a lo largo de un siglo, así como los planes para el horizonte 2035: Barcelona, una ciudad para vivir. En suma, plenamente recomendable.El crédito de Barcelona como “capital mundial de la arquitectura” puede resultar equívoco, pues lo que se reconoce, a mi entender, no es tanto el singular patrimonio monumental de la ciudad como el papel protagónico del urbanismo barcelonés y el carácter pionero de sus políticas urbanas. Independientemente de las controversias académicas e ideológicas suscitadas en su momento, baste citar la rica experiencia en la gestión y transformación urbana pre y postolímpica, conocida popularmente como “modelo Barcelona”, que no sólo puso a la ciudad en el mapa de las estrategias urbanas más innovadoras, sino que la estableció como referente global. Pero volvamos a la memoria y sus derivadas, mediante el recuerdo de un antecedente significativo. Hace ahora cuarenta años, en el mes de mayo de 1986, Barcelona fue la ciudad anfitriona de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Futuro Urbano, organizada por el Ayuntamiento, la Corporación Metropolitana de Barcelona (CMB) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), con el patrocinio y apoyo activo del entonces Gobierno socialista español y del Govern de la Generalitat de Catalunya de Convergencia i Unió, cuya participación fue más bien pasiva.La Conferencia reunió a los máximos representantes políticos y técnicos de 79 de las grandes ciudades y áreas metropolitanas del mundo, quienes analizaron y debatieron sobre las principales tendencias internacionales demográficas, económicas y sociales e identificaron las prioridades y retos urbanos más relevantes. Como miembro del Comité científico, en calidad de consultor del UNFPA, publiqué entonces, en este periódico, un artículo donde destacaba el papel de vanguardia de la ciudad de Barcelona. Lo que quisiera reseñar ahora de este antecedente barcelonés de referencia son dos puntos, uno de naturaleza política, el otro de carácter cívico. El primero se refiere a la “pérdida” de poder institucional en la gobernanza de Barcelona, como capital metropolitana. En efecto, la mencionada Conferencia Internacional de 1986 estuvo organizada en la práctica como principal protagonista por la Corporación Metropolitana de Barcelona (CMB), una entidad en ciernes, legitimada democráticamente por la nueva Ley de Régimen Local (1985), que estaba compuesta por un conjunto corporativo de gobiernos municipales circundantes de la corona territorial y reimpulsada gracias a la visión y liderazgo estratégicos de Pasqual Maragall, a la sazón, Alcalde y Presidente de la CMB. Por cierto, no sé a qué se espera para homenajearlo ya como el mejor alcalde de Barcelona en el siglo XX. Pues bien, desde la fecha de la Conferencia, la CMB tuvo corta vida, apenas funcionó con precariedad unos meses más. Las intrigas políticas interpartidistas y, sobre todo, el establecimiento de la hegemonía política omnímoda de la Generalitat, bajo el Govern de Jordi Pujol, acabaron con la supuesta amenaza del “contrapoder” de la CMB de manera fulminante, decretando su disolución en 1987. En cierto modo, este intento frustrado de consolidar una institución de gobernanza metropolitana puede considerarse como una víctima precoz colateral del “llarg procés”, promovido por el nacional-populismo de la derecha catalana e investigado con solvencia por Jordi Amat.El segundo punto es más cualitativo, pero también muy revelador por su simbolismo. Se trata de la imagen plasmada en un poster para la Conferencia realizado por Antoni Tàpies, cuyo mensaje principal es muy explícito. Escritas sobre un muro blanco, aparecen una serie de palabras, como expresión gráfica de reivindicaciones ciudadanas, entre ellas: residencies, esbarjo, treball, meditacions, equipaments, vivenda, escoles, trobades, jardins, places, museus, descans, biblioteques, intercaladas por los habituales signos del pintor, cruces y flechas, y rodeadas por el trazo de un corazón circundante. Sobre este fondo, se superpone un conjunto de grandes tachaduras en color rojo sangre, símbolo del poder represor, que intenta borrar o invisibilizar en vano las demandas populares. A destacar, la combinación de reivindicaciones materiales y espirituales (trabajo y ocio, equipamientos y meditación, vivienda y descanso…) seleccionadas por Tàpies, muy en su línea de cosmovisión integral de la condición humana y su aspiración a la calidad de vida. La imagen del poster era y es intemporal y universal, ilustrativa de las tensiones y demandas propias del proceso de construcción de la gobernanza democrática ciudadana, algunas de ellas todavía vigentes como indican la situación crítica del acceso a la vivienda o las disfunciones crónicas del sistema escolar. Situados en el contexto actual, global, europeo, español, catalán y barcelonés, podemos constatar los principales factores de continuidad y cambio que nos han traído hasta aquí y sacar las lecciones pertinentes para hacer frente a los nuevos retos. No hay duda de que estamos ante un cambio de época. Todos los factores de la ecuación urbana (territoriales, ambientales, demográficos, económicos, sociales, culturales y políticos) han experimentado una auténtica mutación. La población, tanto el tamaño como la composición, de Barcelona ciudad y el área metropolitana, registran una profunda transformación, con la presencia sobrevenida de más de un millón de inmigrantes extranjeros, con origen en los cinco continentes. La base económica, otro tanto: el volumen y la estructura del PIB de la ciudad metropolitana ha aumentado y diversificado considerablemente. Se ha pasado de un modelo productivo mixto industrial-servicios a otro predominante de nuevos servicios (sectores de nuevas tecnologías y la I+D+i), junto a la hipertrofia del sector turístico y de la población flotante no residente. Las funciones y la interrelación entre el uso del territorio y el asentamiento y movilidad de la población son inéditos. Los resultados de estos cambios radicales son ambivalentes: auge de recursos humanos y económicos y déficits y desorden en la provisión y gestión de bienes y servicios básicos de máxima prioridad como la vivienda, la salud, la educación y la operatividad funcional del transporte público de cercanías, en un contexto de marcadas desigualdades territoriales y sociales. La respuesta a estas nuevas demandas críticas sólo es viable, de modo eficaz y eficiente, mediante un cambio de escala en las políticas públicas para que sean diseñadas y gestionadas a nivel metropolitano, con el fin de promover la atención a las necesidades básicas insatisfechas y también el reconocimiento y protección de los derechos humanos, mediante una mayor accesibilidad y asequibilidad a los servicios y bienes públicos. Es decir, para que los habitantes residentes de la ciudad metropolitana se conviertan en plenos ciudadanos. Pasqual Maragall solía decir que “la ciudad es su gente”. Pues si, lo que seguramente no llegó a imaginar es que la gente de la Barcelona metropolitana actual y su contexto territorial serían tan diferentes a la que él empezó a gobernar, pero le impidieron continuar, como presidente de la CMB, hace cuarenta años. Desde esta perspectiva, me parece oportuno resaltar lo que considero el “eslabón perdido” de este proceso de cambio urbano. Me refiero a la creciente dimensión territorial y funcional metropolitana de facto de Barcelona y la práctica ausencia de iure de una institucionalidad y gobernanza metropolitana, democrática y federativa, que tenga no sólo competencias sino capacidad y recursos para la planeación estratégica y poder político ejecutivo de implementación de sus políticas públicas. La existencia de una entidad como el Área Metropolitana de Barcelona (AMB), una institución gestora, como su propio nombre indica, es necesaria pero insuficiente. Como bien ha recordado el president Illa en el reciente 15º aniversario de la AMB, “la gobernanza metropolitana hay que adaptarla al mundo real, este era el sueño democrático del Alcalde Maragall”. Lo que aquí reivindico es un órgano político, esto es, un Gobierno metropolitano. Creo que este es el principal reto a tener en cuenta para hacer frente a las nuevas realidades actuales y del próximo futuro, en la agenda de Barcelona como capital metropolitana. A mi juicio, este objetivo debería ser de máxima prioridad ante el próximo horizonte electoral municipal y autonómico, a ser posible apoyado por un amplio consenso transversal multinivel (autonómico, provincial, municipal), como estrategia política de país. Ánimo y adelante… Economista y profesor de la UOC. Exalto funcionario de la ONU como Representante del Fondo de Población (UNFPA)