Por más que los últimos años hayan ofrecido una sucesión de eventos improbables digna de estudio, de la pandemia a la guerra en Ucrania, la tentación de pensar que 2026 podía ser diferente y ofrecer al Banco Central Europeo un largo periodo de pax monetaria sobrevolaba el ambiente. La inflación merodeaba el 2%, igual que los tipos de interés, estabilizados tras varios años de convulsiones en los precios por la embestida de Putin. El crecimiento de la zona euro, sin ser boyante, resistía. Un aterrizaje suave de manual que colocó al BCE en una posición mucho más cómoda que la de sus homólogos de la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra. Y que permitía escenas tan relajadas como la de la presidenta del Eurobanco, Christine Lagarde, encargando panettones para su marido en un mercado de Florencia aprovechando la reunión del Consejo de Gobierno en la ciudad italiana del pasado octubre.El regusto, sin ser todavía amargo, se ha tornado menos dulce desde que a finales de febrero Estados Unidos e Israel atacaran Irán. El precio del barril de petróleo reaccionó de inmediato al cierre del estrecho de Ormuz, y aunque los peores augurios de subidas hasta los 200 dólares están lejos de haberse cumplido —se ha estabilizado en torno a los 90—, llenar el depósito se ha vuelto más caro para hogares y empresas, alentando un repunte inflacionista lejos aún del sufrido en 2022, pero que resulta lesivo por el desgaste acumulado en el último lustro en forma de pérdidas de poder adquisitivo.La contienda ha hecho cambiar el paso a Lagarde. Si antes de la guerra el único movimiento que se contemplaba en los tipos de interés era el de una nueva bajada —con excepciones contadas como la de la alemana Isabel Schnabel, abrazada a una retórica halcón sin casi seguidores—, después de los bombardeos sobre Teherán el escenario ha cambiado. La inflación de la zona euro cerró mayo en el 3,2%, lo suficiente por encima del objetivo del 2% como para que este jueves el BCE vuelva a subir los tipos casi tres años después.La prudencia de la reunión de abril, cuando la guerra llevaba dos meses en marcha pero se sabía todavía poco sobre su impacto real, ha dado paso al golpe de realidad de las estadísticas: la inflación ha reaccionado al alza, y los temores se centran en un eventual contagio a la cesta de la compra o a los salarios. Los llamados efectos de segunda ronda. La subida de tipos, sin embargo, será tan sutil como fue el ciclo de bajadas. Todo indica que el aumento será de 0,25 puntos, hasta el 2,25%, manteniendo un enfoque gradual que ha sido marca de la casa en los últimos años. Los caprichos del calendario dejan una fecha redonda: la pausa en el 2% finalmente se ha prolongado durante justo un año, del 11 de junio de 2025 (fecha efectiva de la subida de tipos decidida el día 5) al 11 de junio de 2026. Con todo el pescado vendido para este jueves, la atención, como suele suceder, se centrará en analizar hasta qué punto las declaraciones de Lagarde abren la puerta a nuevas subidas de tipos. Y en cómo reflejan las nuevas predicciones que desplegará el Eurobanco el shock de la guerra sobre el crecimiento y la inflación. Esos dos baremos pueden influir en los mercados de futuros, que hasta final de año prevén solo un nuevo incremento más, hasta el 2,5%. Visiones contrapuestasRubén Segura-Cayuela, economista jefe para Europa de Bank of America, considera que, para que el BCE opte por subir de nuevo los tipos en julio, debe existir cierta sensación de urgencia. En caso contrario, si el barril de petróleo no da grandes sorpresas negativas, el movimiento podría retrasarse hasta septiembre. A medio plazo, sin embargo, estima que la tendencia de la inflación, y por tanto de los tipos, será a la baja. “La recuperación económica continúa siendo débil, el mercado laboral sigue siendo frágil y poco inflacionista, la política fiscal no resulta óptima y la política monetaria mantiene un sesgo excesivamente restrictivo”, afirma el analista, que contempla unos tipos en el 1,75% a finales de 2027. Coincide en el mensaje Tomasz Wieladek, economista jefe de macroeconomía europea en T. Rowe Price. “Se están subestimando los riesgos asociados a un debilitamiento de la economía real. Aunque los indicadores de encuestas se han deteriorado significativamente desde el inicio del conflicto, los mercados financieros continúan ignorando estos datos. El BCE, por el contrario, sí les prestará atención”, defiende. Como resultado, el BCE podría, a su juicio, sorprender a los mercados con una comunicación más equilibrada y moderada de lo esperado.Una visión radicalmente opuesta maneja el exsecretario del Tesoro italiano, Lorenzo Codogno, quien espera un golpe inflacionista mucho mayor, y que los tipos se sitúen en el 3,5% a finales de año. Muy por encima de lo que anticipa el mercado. En su opinión, las previsiones se están quedando muy cortas, y no son razonables. “Incluso si el conflicto pasa a una fase de baja intensidad, aunque aún muy incierta, con la reapertura gradual del Estrecho de Ormuz, los precios de la energía y las presiones inflacionarias no se aliviarán rápidamente”, augura. Codogno sostiene que la transmisión de la perturbación energética a la cesta de la compra está en marcha, “y una parte considerable del impacto aún está por llegar”.