En 1998, un marciano vestido de futbolista soltó en una película una de las frases más recordadas del mundo de los refrescos españoles: “¡Pedazo de invento, la gaseosa!”. Los hermanos Fesser, padres de la criatura cinematográfica El Milagro de P. Tinto, habían conseguido aupar un agua carbonatada con edulcorantes al olimpo de los grandes inventos patrios junto al Chupa Chups y la fregona. Como todo lo cotidiano y simplón, la gaseosa estaba tan arraigada en la cultura popular que tenía que venir un extraterrestre y eructar en la gran pantalla para recordarnos las virtudes de un refresco que presidía desde los años cincuenta cada mesa con mantel de cuadros y tinto peleón. Sobre las gaseosas se ha escrito mucho, y se ha coleccionado mucho más. De hecho, en el 2020, una exposición repasó en Madrid la evolución de la gaseosa y el sifón en España, con más de mil botellas de diferentes marcas históricas de todo el país de las 5.000 fábricas que existieron en los años cincuenta del siglo XX, casi todas locales y distribuidas con los medios más rudimentarios, desde el burro y la bicicleta a la furgoneta y el coche fúnebre. La pasión que levantó esta bebida en un país que no bebió Coca-Cola hasta que la Sexta Flota de EE UU no la fue pidiendo por los bares de Barcelona en 1952 explica, en parte, algunas de las geniales campañas de marketing que protagonizaron sus marcas más emblemáticas. Una desbandada en un restaurante sin gaseosa en la carta, una entrañable familia que crecía comiendo en torno a la higiénica y transparente bebida en botella de vidrio, el cantante español más internacional de todos los tiempos dejándose mecer por el burbujeante glamour de un atardecer en un vaso de gaseosa premium, el cameo de traca entre Ibáñez, Arguiñano y los Fesser en la azotea de 13 Rue del Percebe… Este producto imbatible que nació en las farmacias, comprendió, para mayor gloria de fabricantes y distribuidores, que, en el país de la sangría y el chiringuito, se es lo que se come, pero también lo que se bebe. Pero, realmente, ¿quién inventó la gaseosa? Pues, en realidad, fueron más de uno, una perfecta combinación entre científicos, farmacéuticos e industriales estadounidenses en la primera mitad del XIX. Y es que la gaseosa no es más ni menos, que un agua con gas, azúcares y aromas, un gran avance en la vida cotidiana de un buen número de ciudadanos teniendo en cuenta que la gran mayoría de las veces el agua que se obtenía en las casas de las grandes urbes era bastante desagradable o, incluso, imbebible, debido a la cloración llevada a cabo tras las últimas epidemias de tifus y cólera entre 1911 y 1915. Se cuenta que uno de los principales impulsores de este invento fue un tal John Mathew quien, en 1832, ideó una máquina para saturar el agua con gas carbónico a gran escala. Esto permitió que la bebida con burbujas se popularizara notablemente y, a finales de siglo, las hubiera de múltiples sabores: grosella, fresa, mora. Tenía, eso sí, virtudes medicinales y se empezó a comercializar en las farmacias. La gaseosa era barata y aportaba unas nada desdeñables propiedades digestivas, anti vomitivas, desinfectantes y aperitivas. Ismael Díaz Yubero explica en su libro Alimentos con Historia que en 1830 hay referencias de que M. Fèvre empezó a fabricar gaseosas en polvo. El secreto estaba en presentar dos sobres, uno con acidulante, casi siempre ácido tartárico, y el otro un gasificante, que siempre era bicarbonato sódico. Se bautizaron como sodas refrescantes, polvos refrescantes y polvos gasíferos, pero al final todo el mundo las conocía con el nombre comercial Poncil, Sidral, Bragulat, Armisén o el Tigre, y con el nombre genérico de litines, lo que se debe a una elaboración francesa que incluía altas cantidades de litio con propiedades curativas para diversas enfermedades. Estos sobrecitos de gaseosa estuvieron muy presentes en las cocinas del siglo XX, incluso mucho tiempo después de que algún que otro inventor metiera el gas en la botella y, sobre todo, la cerrara herméticamente con un tapón de porcelana sujetado con un bramante, o con latón fijado con un anillo de alambre formando una especie de cápsula. Los polvos, en cuestión, estaban en nuestras gambas con gabardina y nuestros calamares a la romana, incluso en las alcachofas y las berenjenas fritas mucho antes de que nos sonara de algo lo de la tempura japonesa. Nada más esponjoso, inflado y tierno que unas alcachofas sumergidas en abundante aceite de oliva tras un baño de harina, huevo y una cucharadita de El Tigre. Tras este primer paso vacilante, la gaseosa saltó del sobre a la botella de cristal, a cuál más bella, limpia y mejor diseñada. Con su fantástico tapón fijado al cuello de la botella mediante esa especie de asa metálica se acabó el rellenar sifones y, además, si se devolvía el casco se ahorraban unas pesetas, incluso incluían cromos para los niños. Las gaseosas, en su mayoría, marcas locales, poblaban la geografía española. Se vendían en pequeñas áreas geográficas debido al coste de la distribución y al mal estado de las carreteras de mediados de siglo. Muchas no se conocían más allá de un pueblo o una provincia y fueron asimiladas en los años 60 y 70 por la entrada de grandes grupos como Pepsi o Coca-Cola que provocó la concentración del sector y la desaparición de cientos de pequeñas marcas desde Galicia a Andalucía pasando por el País Vasco y Castilla y León: La Gran Vía, Miret, El Águila, Unión Coruñesa, La Gremial, La Concepción, La Primorosa, Nati, Lux, El León, Patxicu, La Inesperada, La Riojanita, Zerep, La Cantarina, La Señera, La Alcazaba, Rociera o La Jirafa. Casi cualquier ciudad recuerda su entrañable fábrica de gaseosas y más si cabe aquellos eslóganes publicitarios como: “Ni en la tierra ni en la luna, como Gaseosas Trujillo, ninguna”. En 1949 nació La Casera, una gaseosa que batió récords de venta y que ha pasado a ser parte del imaginario popular con eslóganes que hacían referencia al estilo de vida mediterráneo y veraniego. Tras una posguerra durísima y muchas dificultades en el transporte y la comercialización, la marca se hizo con gran parte del mercado. La familia Duffo, iniciadora de la marca, tardarían aún un tiempo en añadir sabores afrutados para competir con otros refrescos. Hasta los 70, por ejemplo, no apareció en el mercado el sabor a cola en las gaseosas, pero poca falta les hacía, porque sus combinaciones con las dos bebidas alcohólicas más populares eran insuperables: la clara y el tinto de verano acababan de nacer.
¡Pedazo invento, la gaseosa! El refresco que conquistó a los españoles de los cincuenta y sigue causando furor cada verano
Este icono cultural, omnipresente durante décadas en las mesas españolas, es mucho más que una bebida nacida de la ciencia y moldeada por la tradición, la publicidad y la vida cotidiana












