En la memoria física —y digital, si no las han borrado— de algunos de los periodistas más influyentes de España se alojan fotos de hace 20 años de una rubia de ojos verdes de Santa Pola, Alicante, ligera de ropa. No es modelo, aunque pudo serlo. Ni miss, aunque se lo propusieron. Ni influencer, porque aún no se había acuñado el término. Es, al menos era, peluquera. La empleada de un salón de ese pueblo de playa que iba a atender a su casa a Chus, una vecina de posibles cuya agorafobia le impedía salir a la calle, y de la que se hizo tan amiga como para dejarle que le hiciese fotos íntimas sin saber que acabarían donde acabaron. Chus era María Jesús Marhuenda Irastorza, Mar de Marchis o La Bola para el mundo mediático. Una mujer sin padrinos que se creó un nombre y una vida tan falsos como real fue su talento y su carisma para reunir a cierta crema del periodismo en torno a Jot Down, la revista que creó de la nada. Y la bella peluquera fue la imagen que eligió para presentarse, y embaucar, a ciertos hombres a los que ansiaba captar para su proyecto, porque, por lo que fuera, no consideró conveniente enviarles las fotos a las mujeres, igualmente brillantes, que sedujo para la causa. Pelotazo, ¿no?Confieso que yo, periodista que no se entera de nada, me he enterado de todo esto leyendo, mejor dicho bebiéndome, La bola, el flamante libro sobre el asunto de mi colega Daniel Verdú y del que todo el quién es quién del periodismo habla estos días. A ver, tampoco soy una ameba. Claro que hace 20 años se cotorreaba en los pasillos de este y de otros medios sobre quién estaba tras aquella revista que a algunos les fascinaba, a otros les empalagaba y a otros les daba lo mismo. Andan algunos gallos enzarzados en las redes sobre si el libro es un retrato fiel o un relato de parte. Más que esas trifulcas, me interesa y me conmueve la cabeza privilegiada y probablemente maltrecha de esa mujer que creyó conveniente, puede que hasta necesario, adoptar una identidad y un aspecto distintos del suyo para obtener sus objetivos. Y, sobre todo, los sentimientos de la mujer cuya cara y cuerpo utilizó a tal fin sin su consentimiento. Mar, llamémosla así porque así lo quiso, murió en 2022 a los 54 años, después de que otro periodista que hizo su trabajo la desenmascarara y rompiera el hechizo. La peluquera, supongo, sigue tiñendo y cogiendo rulos a las señoras del pueblo. Ahí está el pelotazo de La bola, el libro. En desentrañar una realidad que, como casi siempre, supera a la ficción de lejos. Hombres erotizados por el talento, el carisma y la belleza de las mujeres, y mujeres que utilizan sus armas, aunque sean de otra, para lograr de ellos lo que quieren, y conseguirlo, ha habido siempre. Nada nuevo bajo el implacable sol de Santa Pola. Ni del mundo.