Solo habían transcurrido seis meses de la muerte de Franco cuando llegó a los kioscos el primer Interviú, con una modelo enfundada en un vestido empapado, del que traslucían sus pezones. Era el 22 de mayo de 1976, menos de tres semanas después del lanzamiento de EL PAÍS. La revista ofrecía un cóctel, hasta entonces, inaudito en la prensa española: desnudos explícitos a modo de reclamo, con investigaciones e informaciones políticas sensibles en el interior. “Todavía no había Constitución, ni una libertad de expresión bien definida. Hubo secuestros de la revista, el primero en Navidad de ese año, con una portada donde aparecía una chica vestida en plan Marilyn con Papá Noel y el titular El dinero de los Franco”, recuerda Alberto Gayo, periodista de Interviú entre 1998 y 2018, el año de cierre. Gayo acaba de publicar Interviú es el demonio. Auge y caída de la revista que escandalizó y cambió España (La Felguera), libro que ha escrito, afirma, como “acto de justicia para la revista”, frecuentemente reducida a sus escándalos más sonados, como el desnudo de Marta Sánchez o las fotos robadas de Mar Flores. “La podemos ver ahora como rancia y machista, pero la mirada de 2026 no es la de 1976. Fue un puntal periodístico en el proceso de transición a la democracia y consolidación, donde era muy difícil hacer periodismo valiente”. El de Gayo no es el único trabajo que ha llegado a las librerías con motivo de la efeméride. También se han publicado Los desnudos y los muertos. Una crónica sentimental de Interviú (Península), de Jerónimo Andreu, y De Lola Flores a los papeles de ETA: Los secretos mejor guardados de la revista Interviú (Maluma), de Luis Miguel Montero. Andreu, a diferencia de sus colegas, no formó parte de Interviú. El título de su libro referencia una columna de Manuel Vázquez Montalbán que señalaba cómo en Interviú se encontraba, “junto a los desnudos, la brutalidad de la muerte más brutal, las carnicerías de la catástrofe, como si la revista tratara de oponer la doble utilización de la carne humana”. “Me llamaban la atención los dilemas morales y claroscuros que encerraba”, explica el autor, que ha entrevistado a más de 50 personas relacionadas con la cabecera. “No me interesaba escribir un libro cantando las alabanzas de la revista, pero tampoco demonizarla, porque ya estaba muy demonizada”. Su primer recuerdo de Interviú lo ubica en torno a sus 7 años, por el póster de la cantante italiana Sabrina que regalaron con el semanario del Grupo Zeta. “Estaba en todos lados, en cualquier bar, cualquier taller. Era un país distinto, Interviú tenía una presencia continua. Siempre estaba la broma del que decía que la compraba por los reportajes, pero es verdad que hacían un periodismo de investigación buenísimo”. Interviú, como el poema de Walt Whitman, contenía multitudes. No solo tenía una doble vertiente a lo Playboy, donde el componente sexual sostenía una parte literaria de calidad (además del mencionado Montalbán, Francisco Umbral, Camilo José Cela, Juan José Millás o Elvira Lindo escribieron en sus páginas), sino que contaba con un mejunje ideológico en el que se citaban periodistas de izquierda revolucionaria y firmas próximas a la dictadura. Igual ocurría en el ámbito social. El desnudo de Pepa Flores, publicado en septiembre de 1976, que vendió más de un millón de ejemplares, supuso un antes y un después por cómo subvertía la imagen franquista de Marisol. La vieja moral saltaba por los aires y España entraba en la modernidad. Interviú reeditó la simbólica portada, en blanco y negro, para su despedida en 2018. Pero, al mismo tiempo, fueron fotos publicadas sin el consentimiento de la actriz y cantante, producto de una sesión privada. “Interviú se jactaba de mostrar todo, todo lo que ocultaba el franquismo, pero también lo que ocultaba tal señora debajo de su blusa”, dice Andreu. “Hubo casos de chantaje abierto a chicas para que se desnudaran. Y si no querían, las insultaban”. No obstante, el movimiento feminista tuvo un espacio histórico en Interviú. “Hay una portada muy famosa donde arriba, a la derecha, se lee ¡Vosotros, machistas, sois los terroristas!, por un reportaje sobre las agresiones y violaciones en la España de los setenta”, señala Alberto Gayo, que cita otro texto de 1993 escrito por Carme Chaparro con el titular Los maridos españoles matan más que ETA, una comparación entre el número de víctimas de la violencia machista y del terrorismo. “Había que atreverse a titular así para generar un debate. Otro reportaje decía Hijos de puta: hablan sus madres. Ves eso en una portada y alucinas, pero te cuenta el problema de prostitutas que tenían hijos fruto de relaciones con puteros, por descuidos, violaciones o lo que fuese. Es un reportaje de denuncia impresionante. Cuando se dice que era en busca del morbo, pues hombre, es que necesitabas un impacto para que la revista se leyese”. Periodismo popular Más allá de su compromiso con expandir y asentar por terapia de choque en los kioscos la nueva libertad adquirida, ¿pasa Interviú el test del tiempo? Depende del número que se consulte. “Coges un ejemplar de Interviú hoy día y es chocante. No son solo las portadas, su lenguaje es tan provocador, a veces injurioso y calumnioso, que llama mucho la atención”, advierte Jerónimo Andreu. “Los enfoques son increíbles. En un momento dado, hicieron un reportaje sacando a un hombre negro por la calle maniatado como un esclavo, para ver cómo reaccionaba la gente. Son cosas que cuesta imaginar. Y también fueron los primeros en sacar un montón de historias, como los papeles de Sokoa”, en referencia a una operación en 1986 de enorme relevancia para comprender la estructura de ETA. “Las portadas daban a la revista independencia económica para publicar las investigaciones. Pero a los jóvenes no les interesaba, tenían otras mil formas de ver sexo y gente desnuda”Aitor Marín, redactor jefe de 'Interviú' entre 2007 y 2009Entre los reportajes controvertidos, brillan con luz propia los de Luis Cantero. Maestro, a su manera, del periodismo gonzo nacional, suyos son textos como Mariquita por un día, de 1978, donde recorría Ávila besándose con un activista gay para contar cómo se trataba a los homosexuales en la España contemporánea. En Cómo evadimos un millón, relataba paso a paso la facilidad con la que podían extraerse grandes cantidades de dinero del país. Su serie más famosa fue La vuelta al mundo en 80 camas, un viaje teniendo sexo con mujeres de todo el mundo para, supuestamente, contar las diferencias culturales respecto al placer carnal. El rey Juan Carlos dijo que Cantero era “el tío que mejor vive de toda España”. La curiosidad respecto a cuánto de invención había en estos artículos la despeja Luis Miguel Montero, extrabajador de Interviú: “No había ningún componente de ficción. Cantero se iba de putas, les pedía un recibo y lo pasaba como gasto”. El autor de De Lola Flores a los papeles de ETA, que pasó 26 años en Interviú, explica que la revista se asentó sobre “cuatro patas”: “mujeres desnudas, reportajes de escándalos políticos, sucesos terribles y denuncia social”. En resumen, lo que Antonio Asensio, fundador de Zeta, definía como “periodismo popular”. Sobre qué ofrecería Interviú en 2026, responde rápido: “No me cabe duda de que hubiéramos dado a las amantes de Ábalos en portada, a Jessica, Claudia, su mujer, la mujer de Koldo… Además, son mujeres ligadas a la actualidad pública, más allá de una cuestión erótica o de morbo, que han estado en las tomas de decisiones del poder. Creo que la gente compraría la revista”. De las razones por las que hoy no existe Interviú, el diagnóstico es similar por parte de todas las voces, un cruce entre un cambio social y la irrupción de internet. “No nos supimos adaptar. Sacabas un reportaje que te había llevado dos meses hacer y a los 15 minutos te lo encontrabas en Twitter”, lamenta Montero, que en Interviú desmontó las conspiraciones sobre el caso Alcàsser, siguió el secuestro y asesinato de Publio Cordón y narró la caída de Suharto en Indonesia. “Pasaba lo mismo con las chicas de las portadas, las fotos estaban escaneadas al momento”. Otra compleja transformación que Interviú no logró afrontar fue, precisamente, la de sus desnudos, con un margen de maniobra limitado: la revista podía dar un giro, pero, por el camino, perder a un núcleo de lectores poco receptivo a cambios. “Las portadas daban a la revista independencia económica para publicar las investigaciones. Pero a los jóvenes no les interesaba, tenían otras mil formas de ver sexo y gente desnuda”, cree Aitor Marín, redactor jefe de Interviú entre 2007 y 2009. “La mentalidad estaba cambiando, la sociedad ya no era tan machista. Hubo osadía, audacia y reivindicación, se sacó a una mujer trans en portada, pero los lectores clásicos mandaban cartas ofendidos. Era muy difícil de reflotar. Y eliminar la mujer de portada era convertirla en otra revista que ya existía, Tiempo, también del Grupo Zeta y que vendía menos”. En sus primeros años, la revista pudo comprobar cuán abonada estaba a los desnudos, al dar en portada al sindicalista Marcelino Camacho (sin pose erótica) y ver las ventas caer a la mitad. “Tenían una apuesta ética y estética que les lastraba”, analiza Jerónimo Andreu. “En la última etapa, me han contado muchos redactores que no querían irse con la revista en el metro a casa. Estaban orgullosos de su información, te la defendían, pero no se querían presentar en público con Interviú”. Alberto Gayo insiste en defender una memoria equilibrada, que contextualice en su tiempo aquello que chirría, pero también aquello que estaba a la vanguardia. Sin ir más lejos, la revista hizo ver en plena Transición la barbarie franquista, descubriendo a los lectores en 1977 la fosa común ubicada en la sima de Jinámar, en Gran Canaria, o los campos de concentración. “Iba denunciando cada semana lo que habían hecho los ganadores de la guerra y lo que intentaban hacer para mandar también en la democracia”, subraya. Grupos ultraderechistas quemaron kioscos donde se vendía Interviú por las informaciones que difundían. El propio Gayo, que escribía, entre otros temas, sobre el auge neonazi, encontró en una ocasión su nombre escrito en una diana, al lado de la redacción en la calle de O’Donnell, en Madrid. Entre sus hazañas periodísticas, estuvo el descubrimiento en 1999 del prófugo Carlos García Juliá, uno de los autores de la matanza de los abogados de Atocha, en una cárcel de Bolivia. Junto al fotógrafo Fernando Abizanda, se infiltraron y lograron una imagen del asesino, encerrado por narcotráfico. “Antes, también se consiguió publicar la primera foto de Billy el Niño, el torturador, cuyo rostro no era conocido. O localizar a Emilio Hellín, el asesino de Yolanda González [en 1980], una joven izquierdista. Se logró su extradición y la madre de Yolanda dijo que Interviú había hecho más que la policía porque estuviese en la cárcel”. Gayo revela en el libro que se estudió una colaboración con el medio norteamericano Vice cuando desembarcó en España. Ambos compartían idiosincrasia, la búsqueda sana de la polémica y una narrativa sobre temas sociales, como las drogas, desde el servicio público y no el paternalismo. La propuesta no salió adelante y el cierre de Interviú se consideró más útil para paliar la deuda de Zeta, a fin de facilitar la venta del grupo a Prensa Ibérica, interesada en El Periódico de Catalunya. Aunque los mejores reportajes de Interviú sigan siendo un referente, el escritor rechaza que la nostalgia lleve a conclusiones equivocadas. “Se dice que el buen periodismo se hace con ganas y valentía, pero, sobre todo, se necesita dinero y tiempo. Interviú pagaba bien y permitía hacer seguimientos largos. Cada vez que la revista llegaba al kiosko, sorprendía al lector. ¿Cuánta gente puede ahora dedicar tiempo y dinero a reportajes?”.
“Hoy las amantes de Ábalos serían portada de ‘Interviú”: auge y caída de la revista más polémica de España
Tres libros conmemoran el aniversario de una publicación que hasta su desaparición en 2018 (y a golpe de escándalos, desnudos y exclusivas) jugó un papel crucial en el desarrollo de la Transición









