Antes de aprender a fumar, yo ya leía Interviú. Confieso mi temprana afición a las publicaciones para adultos. Era algo inevitable en una época en la que todo se reducía a Los payasos de la tele y poco más, pues la mayoría de las veces aparecían los dos rombos del pecado. El nacionalcatolicismo dominaba las alcobas y también la doble moral, ahí donde la puerta del armario reflejaba el reclinatorio, colocado al centro del espejo; los chirridos del somier y el rosario junto al olor a naftalina; la miseria de una España que aún se resiste a ser cambiada. No hace tanto de aquello, cuando la ropa interior zurcida ocultaba el fondo de la repisa donde vivían las revistas sucias y el cadáver de alguna polilla.
En esto que llegó Interviú, una revista que combinaba la carne según Eros y Tanatos. Señoras desnudas y crímenes sin resolver o mal resueltos, como esos crucigramas que se dejan a medias por falta de interés. Luego estaban los titulares, que en Interviú fueron un género periodístico por sí mismo y que tenían tanto o más valor que el sangriento reportaje. Acaba de salir la crónica sentimental de esta revista que consiguió transformar no solo el quiosco, sino también el tejido social y, con ello, influir en ciertos momentos del proceso histórico. El libro se titula Los desnudos y los muertos (Península), lo ha escrito el periodista Jerónimo Andreu y no tiene despojo. Yo me lo he ventilado del tirón y, mientras lo hacía, he visto pasar mi vida por sus páginas. Desde Marisol desnuda a la entrevista que le hizo Francisco Umbral al violador del Ensanche sin olvidar la masacre de Puerto Hurraco, las manchas de sangre en la caliche abrasada de un pueblo que patearon Avilés y Montoro, la pareja de periodistas que mejor han contado los sucesos; el uno a golpe de tecla, el otro a través del objetivo de su cámara réflex.






