El estribillo de la canción es de sobra conocido por todos. China se ha convertido en el exportador de excepción -también de alto valor añadido- para gran parte del mundo y la tendencia solo puede ir a más en vista de la colosal sobrecapacidad y la incontestable competitividad que luce el gigante asiático. Lo que al principio eran suculentos bienes baratos para economías avanzadas como EEUU o la Unión Europea se ha convertido en una seria amenaza para gran parte de su sector productivo y para el empleo. Washington despertó antes del hipnotizante embrujo y se desató la guerra comercial, ahora en una suerte de tregua. Más a rebufo, Europa se debate entre lo dependiente que se ha hecho de los bienes (intermedios y finales) de Pekín y la necesidad de salvar el tejido productivo que le queda. El dilema es especialmente acusado en la mayor economía del Viejo Continente, lo que acaba afectando al resto.Tradicional fábrica europea, especialmente famosa por sus fiables automóviles, Alemania está jugando con dos barajas en esta partida comercial: por un lado, sus campeones nacionales, pese a la feroz competencia que supone, dependen del entendimiento con China; por otro, su corazón manufacturero, las pequeñas y medianas empresas, las célebres Mittelstand, tradicionales proveedoras de bienes intermedios, se siguen desangrando ante esta realidad marcada por el permanente y asfixiante "shock chino". Esta disyuntiva debilita la posición comercial de Europa y frena cualquier reacción contundente. Sin embargo, en medio de la ambigüedad germana, algunos analistas detectan que algo está empezando a cambiar en Berlín.