Durante varios años la izquierda francesa se hizo de la vista gorda con respecto a la tiranía que imperaba en la antigua Unión Soviética. Las denuncias que lograban llegar a Occidente sobre los horrores del régimen de Stalin eran minimizadas por los intelectuales franceses bajo un abanico de argumentos muy débiles y hasta infantiles. Que eran medidas transitorias y hasta necesarias para implantar el socialismo; que la revolución imponía el deber de no criticar al modelo soviético, pues con ello solo se beneficiaba al capitalismo; que los abusos del sistema comunista eran en realidad simples errores que pronto se iban a corregir. Y así por el estilo. Intelectuales de la talla de Sartre cayeron, lamentablemente, en ese juego. Su ensayo de 1952 Los comunistas y la paz es un penoso testimonio de su posición. Cierto es que su postura dio un giro luego de la invasión soviética a Hungría, pero no fue lo suficientemente firme, como fue el caso de Albert Camus. Algo similar estamos viviendo hoy en día. La aguda polarización de muchas sociedades y el declive del pensamiento crítico gracias a las nuevas tecnologías sociales que han logrado embobar a millones, se ha ido labrando una narrativa funesta para nuestras sociedades. En la orilla de la izquierda (¿son de izquierda, realmente?) están los que se hacen de la vista gorda frente a todos los atropellos a las libertades y la destrucción del Estado de derecho con el argumento de que son simples sacrificios en aras del paraíso revolucionario. Y así el corifeo de sus seguidores toleran y hasta justifican que dichos regímenes se apoderen de las instituciones electorales, persigan a sus opositores, aplasten la libertad de expresión, anulen la separación de poderes y concentren todo los poderes en una sola cabeza, todo ello para consolidar sus gobiernos –sin una ruptura formal de las constituciones– y evitar el avance de los que ellos ven como sus enemigos. En nombre de la justicia social todo les está permitido. Implantar el miedo e inyectar terror con la justicia en una mano y la fuerza en la otra. Lo mismo sucede en muchos de los regímenes de derecha (¿son de derecha, realmente?). En nombre dizque de la libertad y defensa de la propiedad, se les debe perdonar los mismos atropellos que incurren los gobierno de izquierda. Desde la toma de las instituciones electorales y de la justicia, y la concentración de poder, hasta el socavamiento de la libertad de expresión, la persecución silenciosa o descarada de quienes piensan diferente, la implantación de la inseguridad jurídica, y así por el estilo. Todo lo cual se supone que hay que soportar para evitar “males mayores”, esto es que sus adversarios puedan eventualmente gobernar. Y así nos pasamos, ida y vuelta, día tras día, como atrapados en el falso dilema de que no hay otra alternativa que no sea la que imponen unos u otros. Falso dilema porque la cuestión que se evita enfrentar es si deseamos vivir en sociedades civilizadas, donde los gobernantes –de cualquier tendencia– respeten las instituciones democráticas y se guíen por la ética y respeto de la dignidad humana, tal como el papa León XIV pide, o si preferimos vivir en la barbarie e ignominia. Esa es el real dilema que enfrentamos, y que muchos temen responder. (O)