Por respeto a los héroes como Pavel Talankin, pero también por higiene del debate público, deberíamos ser más escrupulosos al hablar de tiranías

Quienes nacimos en democracias y aún vivimos en ellas frivolizamos sobre la opresión y la libertad. Hay en España gente convencida de que vive en una tiranía y de que cualquier día los van a llevar al gulag por meterse con el Gobierno. Sus diatribas serían más creíbles si no las proclamasen con los dedos manchados de gambas en un restaurante con estrella Michelin, mientras piden una tercera botella de vino y celebran la publicación de su último libro, que ningún censor ha tocado y que sus lectores leen en la playa sin esconderlo. También los hay —aunque cada vez menos— convencidos de que el franquismo nunca desapareció, y lo dicen en prime time desde la televisión, sin que la e...

misión se interrumpa con marchas militares ni la brigada político-social se los lleve a la Puerta del Sol para interrogarlos.

A unos y a otros les vendría bien ver Mr. Nobody contra Putin, el documental que ha ganado el Oscar y que cuenta, desde la ingenuidad, la periferia, el compromiso democrático feroz y una valentía emocionante cómo se construye una tiranía. Si después de ver esta obra maestra siguen diciendo que viven en una tiranía comunista o franquista, propongo llevarles de viaje a Karabash, en el corazón industrial de los Urales, escenario de la película. No digo que los llevemos en penitencia, sino como viaje educativo, que vean cómo se vive en un experimento totalitario donde todas las opiniones, salvo la oficial, han sido proscritas.