Necesitamos una conversación adulta sobre qué significa ser demócratas en un país donde ya ni siquiera compartimos qué estamos defendiendo cuando decimos que defendemos la democracia
La conmemoración de la muerte de Franco ha mostrado una celebración solipsista: élites hablando para sí mismas mientras grandes sectores del país miran con indiferencia o rechazo. La pregunta incómoda que hemos postergado demasiado tiempo es si es posible tener una democracia funcional sin un relato compartido sobre sus orígenes. ¿Podemos construir el futuro sin un pasado común? Lo dijo Javier Cercas: “No sé qué demonios estamos celebrando”. Porque es cierto que necesitamos una conversación adulta sobre qué significa ser demócratas en un país donde ya ni siquiera compartimos qué estamos defendiendo cuando decimos que defendemos la democracia. Hoy, podemos escribir sobre los “claroscuros” de 1977-1981, rechazando tanto la “versión rosa” (Transición modélica sin fisuras) como la “versión negra” (pacto fraudulento de élites), y hacerlo de forma matizada, compleja y seria. Sin embargo, análisis como ese quedan suspendidos en el aire, pues asumen que hay consenso sobre los hechos básicos y que todos sabemos qué fue el franquismo. Cercas da por sentado que Franco fue “siniestro y sanguinario”, pero Paul Preston advertía en este periódico que eso no es algo tan obvio para muchos españoles. Sectores significativos de la población consideran hoy que Franco “no fue tan malo”, que “trajo desarrollo económico”, que la represión está “exagerada” y que “hubo excesos en ambos bandos”. El de Cercas es un ejercicio de narrativa histórica sofisticada, pero evita el trabajo político duro: establecer qué es innegociable.








