La visita del Papa está conectando con la mayoría de los españoles. No voy a decir que nos esté poniendo firmes, pero sí recordando muchas cosas buenas que hemos dejado por el camino y que, ahora, ausentes de nuestras vidas, comprometen la convivencia y nos hacen peores. Tanto que nuestra democracia se tambalea por una política gobernada por tics populistas y por una falta de ejemplaridad y buena educación, que exalta el odio y desprecia el consenso que hace posible el bien común y la propia idea de justicia.Lo mejor de todo es que León XIV habla sin sermonear, ni deslizar reproches o adoptar un aire paternalista. Lo hace desde el ejercicio de una autoridad espiritual que no alecciona, pero que dice cosas que necesitamos escuchar para remover conciencias laicas y religiosas adormecidas por las pantallas y silenciadas por el ruido de un extremismo que se ha adueñado de los partidos, los medios y las redes sociales. Necesitábamos que alguien nos advirtiera en qué nos estamos convirtiendo inconscientemente. No para acusarnos ni juzgarnos, sino para precavernos con una estrategia de cuidados morales que neutralice el daño que causa la exposición cotidiana a un nihilismo que seca nuestro sentido de la trascendencia.El papa León XIV pronuncia un discurso en el Congreso DANI DUCHPara convencernos de la autenticidad de su mensaje, el Papa no esconde ni disculpa las llagas por las que supuran los desmanes de la propia Iglesia ni, sobre todo, los abusos sufridos por tantas víctimas invisibilizadas por la complicidad de algunos de sus pastores. León XIV sabe que reclamar justicia empieza por exigirla dentro de la Iglesia. Al menos si quiere recuperar plenamente la confianza de una sociedad que ha visto con ilusión cómo el Papa ha levantado una bandera de resistencia ética frente a los poderosos del mundo, empezando por los que quieren crucificar a la humanidad en una cruz de silicio. Un gesto valiente que repite cuando recuerda a los gobiernos que la dignidad de la persona no solo prevalece frente a la IA, sino frente a la discriminación étnica, la desigualdad económica o la falta de libertad, pues la Iglesia nunca podrá avalar la explotación, la xenofobia, el genocidio, la alienación, el despotismo o la guerra cuando es injusta.Algo está removiendo el Papa estos días cuando recuerda sutilmente a los españoles que nuestro inconsciente colectivo sigue siendo mayoritariamente católico y que, por eso, debe aprender de los excesos dogmáticos o las injusticias del pasado para evitar errores en el futuro. Como cuando cita a Vitoria y la Escuela de Salamanca en el Congreso de los Diputados y dirige su atenta mirada a lo que representó su defensa de los indios y su condena de la guerra de conquista. Una Escolástica española que nos enseñó que la técnica, la economía, la política y el derecho solo tienen sentido al servicio de la dignidad humana. Un acerbo teológico que sigue vivo frente a quienes quieren convencer por la fuerza, también de las mayorías, y que reclama las razones que buscan la concordia como el único soporte legítimo de la convivencia.No sé quién ha diseñado este viaje, pero cada acto, cada gesto y cada palabra, enhebran una sucesión de aciertos que ponen delante del país el espejo ético que necesita alzar la mirada hacia lo importante. Hacia aquello que, como diría Simone Veil, devuelve a la persona la dignidad de lo sagrado que hay en ella. No sé si la política se está dando cuenta de la importancia simbólica de los gestos del Papa, pero ha conseguido que ondeen banderas güelfas en pleno siglo XXI. Ojo porque la equidad frente al beneficio y la persona frente al individuo, reclaman su espacio.
León XIV ondea banderas güelfas, por José María Lassalle
La visita del Papa está conectando con la mayoría de los españoles. No voy a decir que nos esté poniendo firmes, pero sí recordando muchas cosas buenas que hemos dejado por el camino y que, ahora, ausentes de nuestras vidas, comprometen la convivencia y nos hacen peores. Tanto...












