En este ensayo breve y contundente, la periodista e historiadora tunecina Sophie Bessis (1947), especializada en las relaciones norte-sur y en la condición de la mujer en África y el mundo árabe, traza la historia de una falsificación: la de la popularización del término “civilización judeocristiana”.El sintagma existía en contextos eruditos, pero se puso de moda a partir de los años ochenta. Lo principal de este término es que, como todas las imposturas, sirve antes que nada para ocultar algo. Si antes se había presentado Europa como “hija de Grecia y de la Biblia”, y se caía habitualmente en la tentación de negar que Europa recibía influencias de otras partes del mundo, la etiqueta de la “civilización judeocristiana” borra la presencia islámica de Europa y esconde un elemento esencial de la historia del continente y del cristianismo: el antijudaísmo. Al fundir lo judío y lo cristiano, se excluye al tercer gran monoteísmo, que, como el cristianismo, es proselitista. Y también se oculta la larga historia de la persecución de los judíos en Europa, que construyó un terreno fértil para la versión racial, el antisemitismo, a partir del siglo XIX.Bessis sostiene que, tras el Holocausto, Europa se vio obligada a rehabilitar los “valores” de los que “llevaba dos siglos erigiéndose en depositaria” (con todas las contradicciones e hipocresías del colonialismo). Lo hizo de dos maneras: a través del apoyo a la política expansionista israelí y de la adopción del término judeocristiano hasta “convertirlo en el fundamento de la civilización occidental”. Para Bessis, la “judeofilia oficial” o, en otros casos, la creencia en cierta excepcionalidad judía, se parecen más que a nada al antisemitismo. Con otra intención, repiten viejos vicios: el comunitarismo lleva a la idea de la doble lealtad. Así, por ejemplo, se considera que Israel representa a los judíos (y por eso Macron invita a una ceremonia en recuerdo de la redada del Velódromo de Invierno a Netanyahu), Bayrou habla del alma judía y el alma francesa (y Bessis se pregunta qué pasa con el “alma” de los judíos franceses), o Trump proclama a Netanyahu como primer ministro de los judíos estadounidenses.“La civilización judeocristiana”, empleada por la extrema derecha europea, estadounidense e israelí, borra muchas otras cosas. Una de ellas es que los judíos han formado parte de Oriente y de la convivencia, a veces conflictiva pero muchas veces pacífica, de judíos y musulmanes. Así, se presenta Israel —que durante mucho tiempo tenía una mayoría de población originaria del mundo árabe— como un país puramente occidental, algo que satisface a sionistas y nacionalistas árabes por razones opuestas. “Los dos nacionalismos, el sionismo y el nacionalismo árabe, se caracterizaron y siguen caracterizándose por rechazar obsesivamente toda alteridad interna, toda diversidad que pueda romper la pureza de unas identidades ilusorias”, escribe Bessis.La identificación entre ciudadanos israelíes y judíos de todo el mundo pone en peligro a estos últimos, a causa del rechazo que despiertan las políticas de Tel Aviv, señala la autora, que apunta por otra parte a un distanciamiento entre israelíes y judíos.Uno puede discrepar de algunas observaciones de Bessis (en los últimos tiempos vemos más críticas oficiales a Israel de las que ella parece reconocer, por ejemplo) sin dejar de admirar este libro sugerente, claro y mordaz, que realiza una valiosa aportación para desmontar una peligrosa impostura intelectual.La civilización judeocristiana. Historia de una impostura Sophie Bessis Traducción de Juan Manuel Salmerón ArjonaGatopardo, 2026104 páginas, 14,95 euros