La relación de Europa con la insolidaridad y el racismo mantiene unos vínculos muy estrechos con el pensamiento ilustrado y la modernidad. Así, al menos desde el siglo XVIII, Europa presenta dos caras. Una de ellas reivindica la libertad, la tolerancia y los derechos universales. La otra oculta un pasado repleto de autoritarismo, exclusión y genocidio.PublicidadA muchos europeos les cuesta reconocer esa dualidad. La razón obedece a que durante mucho tiempo las élites dominantes han silenciado ese rostro oscuro, esa sombra que nos habita y nos permea. Han hecho pasar sus ansias de dominio y explotación por un deseo altruista de expandir urbi et orbi las bondades de la civilización occidental. En la creación de esa visión idealizada de Europa, dichas élites han contado con la colaboración de los estados nación europeos que, con todo el poder de sus instituciones, han tendido a esconder debajo de la alfombra episodios pretéritos bochornosos, desagradables e incluso criminales.La consecuencia de entender el pasado únicamente como una sucesión de hechos gloriosos comporta una ignorancia o una ceguera que escamotea a los ciudadanos una parte importante de la historia europea. Encarar el pasado de frente, con conciencia crítica, aceptando la deformada imagen que sin duda nos devolverá el espejo, es la única forma que tenemos de superar acontecimientos traumáticos y terribles. Serviría, desde luego, para mitigar el dolor ocasionado a millones de seres humanos en todo el mundo y nos ayudaría a exorcizar viejos fantasmas, que retornan con fuerza bajo formas cambiantes, pero bien reconocibles.Ante esta amnesia, tan selectiva, no resulta sorprendente que la Unión Europea haya aprobado un plan que debería alarmarnos: por un lado, se ha anunciado un endurecimiento de la política migratoria. La Unión Europea va a negarse a acoger a determinados inmigrantes que huyen de la guerra, la violencia y la miseria; una guerra, una violencia y una miseria, todo sea dicho, que Europa históricamente ha contribuido a provocar. Por otro lado, distintos líderes europeos apuestan por agilizar la expulsión de todos esos seres humanos y encerrarlos en centros de internamiento, lejos de las fronteras comunitarias.Lo que trato de argumentar es que dicha propuesta, por muy escandalosa que parezca, resulta coherente con la historia europea: al fin y al cabo, muchos de los mandatarios partidarios de estas medidas son herederos políticos de quienes ya implementaron prácticas similares en el pasado reciente. Que la Unión Europea las haga suyas no hace más que constatar la peligrosa deriva hacia la que nos dirigimos.PublicidadEl 9 de noviembre de 1938, en la Alemania nazi, cientos de sinagogas y miles de negocios judíos fueron destruidos, saqueados e incendiados. Al menos cien personas murieron asesinadas y unos veintiséis mil alemanes acabaron en campos de concentración. Fue "La noche de los cristales rotos". Los europeos conocemos perfectamente esa historia.Lo que quizá no tantos saben es que unos meses antes, entre el 6 y el 15 de julio de 1938, distintos países del mundo se reunieron en Evian, una localidad francesa cerca de la frontera con Suiza. Entre otros, EE. UU, Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Países Bajos, Suecia, Noruega, Dinamarca, Irlanda y Suiza. El objetivo del encuentro era abordar la situación de los aproximadamente 600.000 judíos que malvivían en el Reich alemán y en la recién anexionada Austria.Aunque todos los miembros de las delegaciones se mostraron compungidos por las aberraciones a las que estaban siendo sometidos los judíos, y a pesar de que el gobierno alemán afirmó que aceptaría de buen grado librarse de la "escoria judía", en la Conferencia de Evian no se llegó a ningún acuerdo. Estados Unidos se negó a ampliar la cuota de inmigrantes anuales que admitía, influido por su racismo y sus propias políticas eugenésicas. El Congreso incluso vetó la llegada a dos años vista de 20.000 niños alemanes menores de 14 años. Lo mismo sucedió con Gran Bretaña y Francia. Pese a que sus imperios controlaban un tercio de los territorios del planeta, no encontraron lugar en el que instalar a esos miles de judíos que se aglomeraban en las embajadas, desesperados por huir de Alemania. La solidaridad europea ha sido y es, sin duda, selectiva.PublicidadLa indiferencia ante el destino de miles de mujeres y hombres, de niñas y niños, esa insensibilidad ante la tragedia y el dolor de los demás, es un fenómeno que, como el racismo, también se acrecienta con la modernidad. Y es un fenómeno que los fascistas aprendieron a explotar con maestría. En "La noche de los cristales rotos" los nazis confirmaron algo que ya sospechaban: los alemanes de a pie no estaban dispuestos a cometer actos violentos contra los judíos. Por muchas medidas antisemitas que se adoptaran y por muy bien acogidas que fueran, cuando se entraba en el terreno de las relaciones personales la cosa cambiaba: el judío abstracto se transformaba en el vecino, el pariente, el amigo.Lo que los nazis pronto descubrieron fue que para lograr sus objetivos no necesitaban que los ciudadanos corrientes se implicaran; bastaba con que el destino de los judíos les resultara indiferente. Fue entonces cuando idearon una estrategia de despersonalización y aislamiento altamente efectiva. Como escribe Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto, la clave era expulsar a los judíos de la vida social. Cuanto más se les señalaba y arrinconaba, colocándoles insignias distintivas, prohibiéndoles desempeñar determinados oficios u obligándoles a vender sus negocios, la distancia física y psicológica con sus semejantes se acrecentaba. En consecuencia, más apatía provocaba su destino entre la población.Los despidos, las prohibiciones y las expropiaciones sirvieron para hacer desaparecer a los judíos de la vida cotidiana. Pero fue la concentración en centros de internamiento lo que completó el proceso. Su reclusión los dejó completamente aislados. Lo que les sucediera a partir de entonces, a los alemanes ya no les concernía. Los procesos vitales de unos y otros nunca más volvieron a encontrarse. Simplemente, se olvidaron de ellos.Los nazis advirtieron que cuando no se ve o no se escucha el dolor del Otro, es mucho más fácil pensar que dicho dolor no existe. Y lo que resulta aún más escalofriante: comprobaron que cuando eso sucede, la sensación de responsabilidad o culpa desaparece. Ni siquiera se tiene la sensación de estar formando parte de una maquinaria genocida. Sin embargo, ese sentimiento es una ilusión: el Otro siempre estará ahí, y su dolor, su sufrimiento y su muerte, aunque no la veamos, es tan real hace 85 años como hoy. Y en ambos casos tiene unos responsables.Así, quienes en nuestro presente proponen medidas de aislamiento y despersonalización, quienes ocultan su racismo apelando al miedo y a la inseguridad, quienes apuestan por encerrar a familias enteras que huyen de la miseria y la desolación en centros para inmigrantes alejados de la vista de los occidentales, serán responsables de la vida y el destino de miles de seres humanos. Personas cuyo único delito ha sido no haber nacido blancos, cristianos y europeos.Los fantasmas del pasado amenazan, definitivamente, con volver a tomar el control.