Entre el siglo I y el IV de nuestra era, varias epidemias y pandemias asolaron Europa occidental. La plaga Antonina, que estalló entre los años 160 y 189, se llevó por delante incluso al emperador Marco Aurelio y algunas fuentes le atribuyen hasta 2.000 muertes diarias en Roma. Durante los siguientes siglos varias enfermedades, que los historiadores actuales creen que fueron la malaria, la viruela y la peste bubónica, provocaron intensos desplomes de los niveles de población. La guerra también contribuyó a esa dinámica, convirtiendo aquella época en un tiempo no muy apacible para la mayoría de la población; especialmente, claro está, para los más pobres y peor alimentados.

Aquellas epidemias obligaron a millones de personas a enfrentarse de forma cotidiana a la fragilidad de la existencia, empujándolas a buscar explicaciones, nuevas comunidades y certezas. Quizás por eso los momentos de mayor inseguridad material y vital suelen coincidir con profundas transformaciones culturales, religiosas y políticas, lo que puede ayudarnos a comprender algunos fenómenos de nuestro propio tiempo.