Las normas de aislamiento reducían de golpe el trato cotidiano, porque cualquier visita a la casa enferma podía ampliar el contagio por toda la aldea. El vecino que descubría la peste junto a su vivienda solía limitar el contacto, evitar objetos procedentes de aquella casa y esperar decisiones sobre entierros, asistencia o paso por la zona.

El miedo también alteraba la relación con los enfermos, pues ayudar podía exponer a su propia familia, mientras apartarse dejaba cadáveres y tareas básicas sin atender. Esa tensión explica por qué la enfermedad modificaba costumbres vecinales antes de llegar a los tribunales.

Un estudio relaciona los recuerdos con la utilidad de cada testimonio

Esa alteración de los usos funerarios aparece en una investigación de A. T. Brown, historiador de la Universidad de Durham, publicada en Journal of Medieval History. Brown estudió declaraciones de la Inglaterra bajomedieval para averiguar por qué la peste dominaba ciertos recuerdos y apenas figuraba en otros, y situó el origen de esa diferencia en la finalidad jurídica de cada testimonio.

Los historiadores ya habían llegado a conclusiones distintas sobre cómo se recordaba la Peste Negra. Ben Dodds defendió que la epidemia permaneció muy presente en los recuerdos personales de quienes la vivieron, pero Margaret Harvey señaló que muchas referencias conservadas en Durham aparecían dentro de pleitos por entierros y pagos funerarios.