Se instala un proyecto de exclusión que señala a los elementos inasimilables, a los inmigrantes pobres, que supuestamente amenazan la estabilidad interna de la civilización huésped, que es, por supuesto, superior

En 1853 el francés Joseph Arthur de Gobineau publicó Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, el pilar intelectual del racismo moderno. En la primera frase de su libro dijo que “la caída de la civilización es el más destacado y, al mismo tiempo, el objeto más oscuro de todos los fenómenos históricos”. Él iba a explicarlo. Gobineau afirmó que la mezcla de razas había dado lugar a la degeneración inexorable de Occidente, uno de cuyos ejemplos más evidentes era la raza mediterránea; los germanos, por el contrario, se habían mantenido puros. Al ligar razas y civilizaciones, este autor dio un nuevo y terrible impulso a un tema con una trayectoria muy larga. ...

La palabra civilización nació en el mundo clásico. Es una categoría que los griegos se atribuían a sí mismos, por contraposición a los pueblos bárbaros de las estepas que habitaban las orillas del Mar Negro. Ya entonces denotaba la tensión entre el orgullo de tener una cultura superior y el miedo a su colapso. Luego, la desaparición del Imperio Romano, interpretada como su caída violenta ante los invasores bárbaros, se convirtió en una obsesión entre los pensadores cristianos. Nadie reflejó mejor esta visión en el mundo moderno que el británico Edward Gibbon a finales del siglo XVIII en su Historia del declive y caída del Imperio romano. La influencia del pensamiento de Gibbon ha llegado hasta nuestros días, incluso en la cultura popular. Isaac Asimov se inspiró en él para su famosa trilogía de Las Fundaciones.