La directiva del Real Madrid está haciendo todo lo posible para que el Estadio Santiago Bernabéu vuelva a acoger macroconciertos cuanto antes. El Ayuntamiento de València suspendió este fin de semana el Festival de les Arts en la Ciutat de les Arts i les Ciències, un recinto afectado por una sentencia que instaba a cancelar o reubicar las actividades musicales. Los vecinos de Getafe y del barrio madrileño de Villaverde y hasta el delegado del Gobierno en la Comunidad de Madrid cuestionan que el recinto Iberdrola Music sea idóneo para acoger el macrofestival Mad Cool y la docena de conciertos de Shakira. En Barcelona, la Plataforma Stop Concerts sigue presionando para que el Parc del Fórum reduzca el número de macroeventos que alteran el descanso del barrio de Besòs-Maresme.
Todo estos casos evidencian una problemática creciente generada por los macroeventos musicales: la tensión entre quien quiere disfrutar de los conciertos y quien desea descansar. Es una problemática tan antigua como la música misma. No obstante, las molestias que pudieran causar un concierto en un local para 80 o 200 personas son incomparables con las que provocará un macroconcierto o un macrofestival para 80.000. Ahí ya no se generan solo problemas de volumen sonoro, que llegará muchísimo más allá del vecino del piso de encima, sino de riadas de público, de jornadas de montaje y desmontaje, de colapso en los accesos y servicios... A partir de determinado aforo, lo que queda alterado ya no es el descanso nocturno, sino el día a día de toda la gente que vive alrededor.















