Cultura"En dos o tres ocasiones pidi� que nos descalz�semos 'como Mowgli en 'El libro de la selva'", recuerda el poeta y periodista Antonio Lucas, hijo del autor del conjunto art�stico de la estaci�n de Chamart�nEl pintor Jos� Lucas, ejecutando una de sus piezas a finales de los a�os 80.Actualizado Martes,

junio

00:04Entre 1987 y 1988 viajamos con cierta frecuencia a un pueblo de la comarca de la Plana Baja de Castell�n pr�ximo al Mediterr�neo: Villarreal, a 13 kil�metros de donde naci� Manuel Vicent. Aprovech�bamos los fines de semana para la excursi�n. Sal�amos de Madrid en tren, con la excitaci�n infantil que avivan las estaciones, y lleg�bamos horas despu�s a un espacio formidable, una f�brica familiar de cer�mica donde todo parec�a preparado para una fiesta desconcertante. El paisaje era este: una pista de azulejos blanqu�simos resueltos en el suelo en formaci�n precisa, los botes de pintura, las brochas gordas, el zumbido de las m�quinas, las alarmas de los hornos de cocci�n, las torres de pal�s, el agua, el barro, no s� qu� rumor de alegr�a alrededor. Eso recuerdo.Mi padre trabajaba en los murales previstos para la Estaci�n de Chamart�n. �l ten�a 44 a�os; Mar�a, siete; yo, nueve. Mi madre 40. Pintaba de pie, concentrad�simo, ajeno a la zumba constante, a nuestras risas y carreras, a la radio desaforada que tambi�n sonaba a todas horas. Pintaba deteni�ndose en lo hecho. Tomaba distancia. De nuevo se acercaba. Sub�a a un andamio situado cerca de cada mural para estudiar la pieza desde arriba. Pintaba rodeado de gente sin atender a nada que no fuese el Moby Dick tumbado de la cer�mica. Los domingos hab�a paella en el jolgorio del patio de la f�brica de Villarreal.En dos o tres ocasiones pidi� que nos descalz�semos, �como Mowgli en El libro de la selva�, as� lo dec�a, �como Mowgli�. �Hundid las manos en ese bote de pintura y despu�s las pon�is aqu�, donde est� mi zapato. T� en �ste y t� en ese otro�. Los destartalados zapatos de trabajar eran la marca. Dej�bamos caer despacio las manos untadas en el sitio elegido y hac�amos el �Mowgli� sin movernos, abalanzados. La diversi�n era tremenda. Mancharnos las manos. El pelo. La ropa. La cara. La pintura duraba en la piel... Qu� m�s pod�a alegrarnos.Al a�o, los viajes acabaron. Ultimados los murales y dispuestos en su primera ubicaci�n en Chamart�n -los huecos de escalera de subida y bajada a los andenes- no regresamos a Villarreal. S�lo una vez fuimos juntos a la estaci�n a verlos y buscamos lo que en verdad quer�amos ver: despu�s de un rato de observaci�n alguien se�al� las manos ni�as entre el color, como un ignoto mensaje, nuestra altamira peque�a, nuestro juego rupestre. Un regalo suspendido para cuando escaseen los regalos, por ejemplo ahora. En los �ltimos 30 a�os pas� bajo estas piezas muchas veces antes de subir a alg�n tren. Y buscaba lo que busco hoy: las manos diminutas. La se�a de mi infancia.Los murales desaparecieron tres a�os por la obra de ampliaci�n de Chamart�n. Ese tiempo coincidi� con la muerte de mi padre tras una ca�da en la misma estaci�n, un golpe malo y seco mientras trabajaba en el desmontaje de las piezas cer�micas. Nos correspondi� a nosotros acercar la barca al puerto. Ahora vuelven a desplegarse y de los 22 originales se instalar�n 14. Los miro con un entusiasmo parecido al de aquel p�rvulo, aunque algo m�s solo y gastado, y voy al encuentro de esas manos ni�as donde a�n resiste un eco de risas piratas en medio del caudal tumultoso de viajeros, como cuando entonces.