“Lleva el bigote lleno de mocos, decía mi hermana mayor, para explicar el rechazo”. Estas palabras, recogidas por Agustí Soler i Regàs en su libro Pepeta Moreu. El gran amor impossible de Gaudí, las pronunció Josep Maria Moreu, hermano pequeño de Pepeta Moreu (Mataró, 1857). Con este supuesto argumento, Pepeta justificaba las calabazas legendarias que le dio a Gaudí cuando el arquitecto osó hacerle una proposición de matrimonio.Gaudí quedó lógicamente abatido. Siempre se ha dicho que, a partir de aquel momento, abandona para siempre los devaneos amorosos y se abstrae completamente en su obra. El genio rechazado que sublima el dolor en piedra y hierro: es posible. Pero también es posible que Gaudí no fuera exactamente el célibe redimido que la leyenda prefiere.El genio rechazado que sublima el dolor en piedra y hierro: es posibleSea como fuere, es de Pepeta de quien queremos hablar. El verdadero punto de inflexión de su vida se produjo un lustro antes de este episodio, en Orán, cuando con 22 años se encuentra sola en el norte de Argelia. Embarazada y abandonada por su marido, el jugador y vicioso Joan Palau, que huye al saber que va a ser padre y que para colmo confiesa que ya estaba casado con otra mujer en Buenos Aires. Vende el barco y se marcha sin dejarle un céntimo.A partir de este momento, Pepeta no volverá jamás a dejarse engañar. Toca el piano en un bar para sobrevivir. Aprende francés. Espera. Cuando puede, regresa a Mataró con la ayuda de unos marineros que se apiadan de su situación. El hijo, Antoni, nace sano, pero pronto cae enfermo y morirá a los tres años, de difteria. Cuando en 1889 se declara por fin la nulidad por bigamia del matrimonio con Palau, Pepeta queda liberada. Una nueva vida, a pesar de todo.Las hermanas Pepeta y Magdalena Moreau, en una vieja imagen de 1870Duxelm EditorialAlta, desenvuelta, culta, lista, rubia o pelirroja (según las crónicas) y a todas luces atractiva, Pepeta se baña en el mar, toca el piano, lee prensa anticlerical, mantiene relación con republicanos y socialistas, domina varios idiomas y habla y se mueve con desparpajo. Junto a su hermana Agustina ejerce de maestra en la Cooperativa Obrera Mataronense, en una época en la que las mujeres apenas ejercían, y borda el estandarte de la cooperativa –diseñado por un tal Gaudí– con sus propias manos.Pepeta se casa en segundas nupcias, en 1889, con Joaquim Caballol, comerciante de madera e hijo de Ignasi Caballol, autor del primer plano geométrico de Mataró. Con él tiene cuatro hijos y abre, junto a su cuñada Carmen Caballol, una tienda de moda en la plaza Catalunya. Cuando Caballol muere en 1899, se queda viuda con cuatro hijos menores y una situación económica poco halagüeña.Alta, desenvuelta, culta, lista, rubia o pelirroja (según las crónicas) y a todas luces atractivaAsí las cosas, en 1900, a los 43 años, Pepeta vuelve a casarse. Se llama Josep Vidal i Gomis y tiene 29. Vidal i Gomis resulta ser una persona con talento y poco a poco se abre camino en el negocio del cine hasta establecer en Barcelona la distribución de Paramount. Él viaja por medio mundo. Ella, que es una esponja, recibe encantada en sus casas de Barcelona y Sitges a actores y personalidades del cine, con quienes conversa en inglés y sale a pasear.Mataró fue durante cuatro años la segunda casa de Gaudí. El primer Gaudí, el de los ideales cooperativistas y la juventud más o menos irreverente. Había ido allí por encargo de Salvador Pagès, industrial textil y fundador de la Cooperativa Obrera Mataronense, que le había pedido el diseño de un complejo siguiendo la estructura de las colonias obreras. Pagès era también amigo de la familia Moreu, y fue él quien lo llevó a su casa con la intención de que conociera a las hijas. Iba cada domingo con su sobrina Rosita, escuchaba a Pepeta tocar el piano y se detenía impresionado ante los murales que decoraban el comedor: pinturas que el padre, Antoni Moreu, había encargado como recuerdo de sus trayectos por el Mediterráneo y el Atlántico, y que llenaban las paredes de naves y tormentas, costas tropicales y bahías lejanas. Tanto observó aquellos murales que años más tarde se inspiraría en ellos para decorar el comedor de la Casa Vicens.Sería un domingo de 1885 cuando decidió dar el paso. Ella con 28 años, camino ya del segundo matrimonio. Él con 33. Quizá nunca destacara por la pulcritud, pero muy pocos dudaron de su criterio.