Se repite mucho que el psicoanalista francés Jacques Lacan afirmó, ante los estudiantes que salían a protestar a las calles en medio de mayo del 68, con notorio escepticismo —en parte justo, en parte injusto— respecto a la desembocadura de aquellas revueltas: «A lo que aspiráis como revolucionarios es a un amo. ¡Lo tendréis!». ¿No será por ahí por donde confluyen todos los eventos que se dieron cita el pasado fin de semana en la capital? Por un lado, la visita de León XIV, suscitando el entusiasmo de los propios, de conversos y de ajenos agitados por el recuerdo de Bergoglio y la encíclica contra la IA; por el otro, la estancia continua de Bad Bunny con sus conciertos en el Metropolitano. Muchos artículos se han escrito ya sobre ambos peregrinajes, su solapamiento temporal, la coincidencia, la adoración católica y la pagana: no es cuestión de añadir otro al mix. Pero en ambos emergen formas de idolatría.
Vivimos buscando cualquier clavo ardiendo al que agarrarnos: esta es la definición de nuestro tiempo. Conversaba el otro día con un amigo, Santiago Alba Rico, que me decía que, en medio de tan aciago momento internacional, lo más cercano que tenemos a un Komintern es el Vaticano: por su posición contra Trump, los recelos que despierta en la extrema derecha, la necesidad de alianzas extrañas construidas más por lo que se tiene enfrente que por cualquier elemento común. Ese análisis está basado en unas circunstancias concretas, en el contraste entre declaraciones de distintos dirigentes, sus posicionamientos, cómo se van recolocando ejes y polos: es una forma de explicar la coyuntura y sus equilibrios.














