Hace dos años, cinco mujeres se dirigieron a las puertas del Vaticano durante la celebración de un sínodo. Iban armadas únicamente con abanicos morados en los que habían escrito una pregunta ―“¿Por qué yo no?“― y una reivindicación clara: “Ordenación de mujeres en la Iglesia”. No lograron pasar de la plaza, ya que tres policías de paisano que los seguían trataron de impedirles hasta el gesto de desplegar sus abanicos. Ha pasado el tiempo y ha cambiado el pontífice, pero las reivindicaciones siguen siendo las mismas. Este domingo, durante la misa celebrada en la plaza de Cibeles, no ha sido la policía quien ha tratado de frenar a las más de 20 mujeres congregadas, sino algunos de los fieles que aguardaban el inicio de la ceremonia. La masa de paraguas morados, junto a una lona en la que se leía “Hasta que la igualdad se haga costumbre”, provocaba incomodidad entre parte del público. Una mujer se ha acercado a un agente y le ha pedido que impida desplegar la tela morada porque, según ha argumentado, “ocupa mucho espacio”. “Que se sienten como lo hace todo el mundo”, le ha reprochado al policía, que ha optado por no intervenir. Las mujeres pertenecen a la Revuelta de las Mujeres en la Iglesia, una organización de mujeres católicas que llevan años reivindicando la igualdad en la Iglesia, creada en 2019 y que cuenta con representación en toda Europa. Un joven, vestido con una camisa azul y pantalones beige, también se ha encarado con una de las mujeres que participan en la protesta, levantando los brazos con evidente exasperación, y le ha recriminado que no puede ser que la lona siga ahí. Resulta difícil creer que un simple trozo de tela haya sido capaz de generar tanta tensión y discordia. “Cansa que te digan cosas así, pero eso significa que la gente ve algo distinto y cuestiona las cosas. “Después, cuando lleguen a casa, hablarán de eso”, afirma Laura Cubillos, que a sus 18 años es una de las manifestantes más jóvenes. Un grupo de chicas que no parece superar su edad pasa junto a la lona, la observa con expresión desconcertada y sigue caminando. Como si aquel mensaje no las interpelara.El papa Francisco abrió una senda para las mujeres dentro de la Iglesia, librando no pocas batallas en el proceso, pero tras su muerte el impulso reformista ha perdido fuerza. Sus miradas están puestas ahora en León XIV, en quien mantienen la esperanza de que mueva ficha. Estas mujeres no lo hacen por ellas, ya que creen que “los cambios no son rápidos”, sino por sus hijas. La protesta de este domingo no es su única baza. Una de las personas que mantendrá un encuentro privado con el papa León XIV durante su visita a Madrid le dará un libro que cuenta la historia de la revuelta de las mujeres en la Iglesia. La idea es mostrar que la reivindicación de voz y voto no ha parado de crecer. Teresa Casillas, que lidera el grupo de manifestantes, describe el techo de cristal como un “muro de hierro”. “Hay un no tajante al tema del sacerdocio y del diaconado femenino por parte de la jerarquía. Eso es una bofetada para nosotras”, sostiene Casillas. La argentina, de 60 años, formó parte de la comunidad católica desde muy joven y más tarde integró el Consejo Diocesano de Juventud. Durante décadas no se planteó cuestionar aquello que la Iglesia le había presentado como normal: que los hombres ocuparan todos los espacios de autoridad y poder. Sin embargo, esa certeza comenzó a resquebrajarse cuando sus hijas empezaron a hacer preguntas.“Ellas jugaban en nuestra comunidad católica a celebrar misas y me preguntaban: ‘Mamá, ¿por qué yo no puedo ser cura?”, recuerda. Fue entonces, explica, cuando empezó a “chirriarle” y a “resultarle incómodo” pertenecer a una institución en la que las posibilidades de las mujeres estaban limitadas. La Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, promulgada por Francisco en 2022, permitió que los laicos, incluidas las mujeres, pudieran ser nombrados al frente de un dicasterio y ejercer como prefectos, un cargo que tradicionalmente había estado reservado a cardenales y arzobispos. Durante su pontificado nombró a tres mujeres para altos cargos. Barbara Jatta, directora de los Museos Vaticanos; Raffaella Petrini, secretaria general de la Gobernación; y Simona Brambilla, prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. “Hay otros muros que son casi invisibles, transparentes, en los que parece que se nos da la igualdad, pero en realidad no es así”, señala Casillas. “A algunas mujeres que han accedido a puestos de poder con Francisco les decían: ‘Aquí vas a venir, pero no vas a tener mesa o silla. Es una batalla silenciosa para ponerte difícil ejercer”, añade.Para ejemplificar esto, cuenta una historia: “Me decían esta semana que han nombrado a una religiosa como prefecta para las congregaciones religiosas y han puesto de segundo a un cardenal. Pues otros cardenales le ridiculizan y le preguntan cómo puede estar por debajo de una mujer”. De los 31.500 religiosos (pertenecientes a órdenes y congregaciones) censados en España, 24.000 son mujeres. Nada más comenzar la misa de este domingo, la razón de su reivindicación se hace visible. Cientos de arzobispos y cardenales acompañan al Papa en el altar para celebrar la ceremonia. Entre ellos no hay ni una sola mujer. “¿Lo veis? A esto me refería. ¿Cómo puede ser?”, exclama indignada Casillas. Sobre la lona con el mensaje, una bebé que aún no ha cumplido un año juega con su hermana de tres. Las dos ríen, se persiguen y chocan las palmas ajenas al debate que las rodea. “Shhhhh..., que estamos en misa”, las reprende su madre con una sonrisa.